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4 de noviembre de 2013

PROYECTO SENIOR: SCRAPPY DOO


 

Scrappy doo fue mi primer perro adoptado. Él no formaba parte del proyecto senior porque en aquel entonces no existía, pero por sus características habría podido ser uno de sus miembros de honor. Scrapp era un abuelete entrañable. Se llamaba Scrappy, nosotros le pusimos el doo y a veces lo llamábamos Josep Lluis, en estas manías que tiene uno cuando pone apelativos cariñosos. También lo llamábamos abuelo, y lo tratábamos de “usté”. Y pochito cuando a los años se le acumularon las dolencias. Scrappy era mi perro, y era el mejor perro que podía haber tenido. Hay mucha gente que no entiende porque adoptamos un perro “tan” mayor, sobre todo con el disgusto que nos llevamos cuando se fue tan pronto. Solo pudimos disfrutar de su compañía durante cuatro años, pero fue un privilegio compartirlos con él. Los perros ancianos son tan dulces, que lo único que quieren son caricias y descansar. Peque-scrapp era un saco de mimos, como un peluchito con poca pila. Lo echo tanto de menos aún, que no sé si seré capaz de acabar estas líneas.




Scrappy era el perro perfecto, el perro que necesitábamos porque entonces, antes de la crisis trabajábamos los dos, y no podíamos destinar largas horas a sus paseos como ahora con Nanda (ventajas de la crisis, capítulo 1.). Además acabábamos de mudarnos a un piso de alquiler, queríamos compartir nuestro tiempo con un perro, pero no podíamos arriesgarnos a que un cachorro o un perro joven con muchísima energía nos destrozase unos muebles que ni siquiera eran nuestros. Scrapp se adaptó genial a nuestra vida y nuestros horarios. Era un perrito tranquilo, y tragón y terco que tenía muy claro que quería disfrutar de su jubilación a todo confort.  Scrappy era el perro ideal, era tan dulce. A Scrappy lo habían atropellado, tenía piedras en el riñón, y multitud de fracturas mal soldadas de supuestos golpes, y todo ello hacía que mi perro caminase de una forma muy característica, como un militar, como si desfilase. Prometo que no exagero si digo que sus andares llamaban la atención. Mi madre nos reconocía desde un noveno por el desfile paramilitar del pacifista de Scrappy. La gente lo conocía en el barrio como el “soldadito” y continuamente oíamos “mira cómo camina ese perro”, y allí iba Scrappy, marcando el paso detrás nuestra, por el parque de las Meanas.




Nosotros no hicimos ningún sacrificio al adoptar a Scrappy, era el perro que nos gustaba porque era pequeño y tranquilo. Además Scrapp cumpía todas las funciones que se pueden achacar a un perro: Buscaba mimos y comida, te hacía compañía y te daba cariño, Scrappy viajó con nosotros cuando íbamos de vacaciones, compartía nuestros días y nuestras noches, venía conmigo todos los días a tomar el café, dormíamos juntos en el sofá y a veces en la cama, estaba listo en la cocina en cuanto oía abrirse una bolsa, correteaba cuando lo llamabas, paseábamos todos los días, intentaba el infeliz atrapar gatos o gorriones, gruñía y ladraba si era menester, lloraba cuando quería que le dieras algo que olía especialmente bien. Era mi sombra, una sombra peluda que me seguía silenciosamente fuera donde fuese, sin rechistar, sin pedírselo siquiera.



Scrappy era cariñoso y tranquilo, un chuchaina encantador que vivía con nosotros con su ritmo sosegado de anciano, con la sabiduría que te dan los años.



Nosotros no mirábamos a Scrappy con pena, no hicimos ninguna obra de caridad, nos gustaba el perro, nos gustaba ese antes siquiera de saber que lo habían atropellado, que tenía que comer un pienso especial, antes de saber su edad. Él era el perro que nos gustaba, después de saberlo, no nos importó, y a él tampoco. Él nunca nos juzgó por la edad que teníamos, ni por si teníamos trabajo o no, no midió su cariño en el dinero que ganábamos ni en la casa que teníamos, él simplemente nos quería por lo que éramos, igual que nosotros a él. Nosotros no veíamos un perro viejo, mirábamos a nuestro perro/amigo/compañero, con el orgullo que todos los dueños ponen en sus animales, pensando que es el más listo, el más guapo y el más bueno. Y verdaderamente el mío lo era. Mi pequeñín… Era tan lindo y me hizo tan feliz…



No hicimos ninguna heroicidad cogiendo un animal anciano, fue el perro que nos gustaba y el que mejor se adaptaba a nuestras necesidades. Tenía que ser un perro adulto y pequeño, tenía que gustarnos, y ése fue Scrappy.



Se fue el día antes de Nochebuena. Mi perro, tan humilde hasta para irse lo fue, se marchó dejando su hueco para que Nanda pudiese iniciar el año nuevo con una vida nueva…





Te echamos de menos pequeño, snif.




Os dejo el link con su historia completa en una entrada-homenaje que Javi le dedicó a Scrappy el día que tuvimos que despedirnos de él:




MARÍA Y JAVI