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25 de noviembre de 2013

YES WE CAN: MI PERRA BREA


La primera perra que tuve se llamaba Brea. Breína, porque era negra como el alquitrán, como la brea. Mi madre y yo queríamos llamarla Pepa o Lola, pero mi padre se negó. Nunca nos quitamos de la cabeza, que mi padre al ser José, no quería ir con una mini-Josefa de cuatro patas por la vida aunque a él nunca nadie lo llamase Pepe. Así que la bautizamos como Brea. La Brea era una ratonerina de apenas 4 kilos de peso, aunque en sus buenos tiempos cuando la cebábamos como para la matanza llegó a alcanzar los 6.




Era pizpireta como todos los perrillos sin raza, contrahecha, con una barriga redonda y unas patucas de alambre. Muy chata de pequeña, aunque luego aquel focico respingó para fuera y con dos orejas como toldos, que dirigía como si fuesen radares o antenas parabólicas. Era una perra lista, como una ardilla. Fue mi primera perra, la primera que era únicamente mía. Adoraba a ese animal. Mi abuelo me  la trajo un día sabe dios de donde, y cuando él se fue para siempre dos años más tarde, solo me quedó la perra. Fue su herencia para mí, aquella perrina negra, a la que mi madre con cariño llamaba “cucaracha”o “sabandija”. 



Yo siempre había querido un perro, pero mi madre se negaba porque todo el mundo sabe las responsabilidades que conllevan, y yo era demasiado pequeña para poder hacerme cargo de ella. Por eso no teníamos perro. Cuando con 15 años, apareció la Brea en nuestras vidas, mi madre al principio se negó, pero poco. El argumento que mi padre utilizó para convencerla tampoco es que fuera muy sólido: mira, lo pequeña que es, si esta no nos va a dar trabajo. Así que la Breína se vino aquella noche para casa. No pude dormir de la emoción. Mi madre no quería que el perro durmiese en las camas, así que al principio intentó que durmiese en la cocina. 




Yo aquel día, me levanté a las 5 de la mañana para estar con ella. No me gusta madrugar, y no he madrugado más a gusto en la vida. Tenía que irme al instituto, pero por fin tenía un perro. Me había pasado tantos años pidiéndolo, para Reyes: - Mamá da igual, lo que tú digas me lo van a traer los Reyes. Para la comunión: solo quiero un perro, para mi cumpleaños, cada vez que nos tropezábamos una tienda, un cachorro, una oportunidad por nimia que fuese de conseguir un chucho. Ahora me desquito J 



Mamá, me creaste un trauma, por eso ahora no me sirve con el que tengo. Es broma, no tengo ningún trauma, siempre me han gustado, siempre los he querido y aunque mi madre tenía la tonta esperanza de que fuese una “lloria” pasajera, no fue así. Tenía quince años, cuando por fin tuve perro. La perra estuvo con nosotros 16. Y en todo este tiempo la malcriamos como a ninguno. Fue mi “perro piloto” con ella aprendí todas las cosas que no se deben hacer con un perro: darle comida mientras comes, cogerla en cuello cuando se pelea con otro perro, no reñirla cuando ladra, y un largo etc. 



Pero también me enseñó muchas cosas, me enseñó lo que significaba la palabra lealtad y todo el inmenso amor que cabe en un cuerpecito tan pequeño. Atesoro todos esos recuerdos que tiene uno cuando comparte la vida con un perro, esas ocurrencias que tienen como de niño pequeño que te hacen sonreír o reírte a carcajadas según el caso. Esas audacias que te hacen asombrarte de una inteligencia infravalorada, y todos esos detalles tiernos, que hacen que te pongas tonto y se te resbale una lagrimilla cuando piensas en ella. 




Recuerdo muchas cosas claro está, pero especialmente sus maldades. Recuerdo lo vengativa que era, como se subía a la cama de mi abuelo para hacer sus necesidades después de que éste la hubiese castigado, como lloraba desconsoladamente cuando la dejábamos con mi abuela, porque consideraba que ésta no la achuchaba lo suficiente. Los celos de mi pobre abuela cuando decía con sorna que la queríamos más que a ella. Me acuerdo de cómo la jodía cada vez que había pollo en la basura o similar, muy sibilinamente, con premeditación alevosía y sobre todo nocturnidad, se levantaba de la cama a eso de las dos de la mañana asegurándose que todos estábamos durmiendo para darse un festín. 




Rompió muchas cosas de cachorra, siendo del tamaño de una rata de alcantarilla destrozó todos los muñecos que encontró a su paso. Y como era enana, se metía por debajo de muebles en los que de adulta ya no cabía, y los mordisqueaba. Me acuerdo de cuando destrozó una aspiradora porque mi madre la castigó en la terraza, y la vez que rompió los botones de una cazadora porque yo no la dejé entrar conmigo en el baño mientras me duchaba. No le parecía nada justo quedarse en casa cuando el resto nos íbamos, y se ponía la primera en la puerta dispuesta a escaparse a la menor distracción. 



Como quería ser la salsa de todos los platos, lo pasaba muy mal cuando nos separábamos para ir a lugares distintos, quería ir con todos al mismo tiempo y eso no se podía. Una vez a cuenta de esto, mis padres la perdieron. Él pensó que estaba con ella, ella pensó que estaba con él, y ninguno se preocupó de la perra hasta que se encontraron y cayeron en la cuenta de que la perra no estaba con nadie. Así que el pobre animal se pasó dos horas subiendo y bajando nueve pisos de escaleras cada vez que los oía, ahora uno arriba ahora el otro en el portal. Y cuando por fin la encontraron semi desfallecida por el esfuerzo lloraba de alegría la pobre. 




También recuerdo como la muy cabrona me delataba. Cuando yo empecé a salir de noche, la perra tenía la teoría de que si se subía a mi cama, yo llegaría inmediatamente. Sabe dios cómo hizo esa relación de ideas, pero siempre que yo salía ella se subía a esperarme pacientemente en la cama. Cuando salía de noche llegando una hora que el animal ya consideraba imprudente iba sin dudarlo a despertar a mi madre para que supiera que yo aún no estaba en casa. La teoría de mi madre siempre fue que hasta la perra sabía que esas no eran horas de andar por ahí. También era simpática la jodía. Nos reímos mucho cuando mi padre en el pueblo decidió que la mejor forma de mantener la huerta era comprando ocas. Y la perra se moría de celos por aquellos patinos, pero como no se atrevía a morderlos porque sabía que las hubiera llevado como pal zorro, se limitaba a embestirlos. En algún momento descubrió que aquellos seres con plumas no tenían estabilidad, y que si los empujaba caían patas arriba, así que lo que hacía continuamente. Los patos se estresaban y huían de ella incluso cuando ya de adultos la triplicaban en tamaño.





Le encantaba dormir. Como a mí. Y no se mojaba las patas ni por todo el oro del mundo. Madrugar le parecía algo de otro planeta y como mi madre le enseñó a base de mucha insistencia y alguna que otra morrada a mear en un periódico si tenía mucha necesidad de hacerlo en casa, la perra quiso entender que era necesario que ella dejase su marca y mease en todos y cada uno de los papeles que se encontrase en su camino. Por lo que se pasó toda la vida meando bolsas de gusanitos, tiques de aparcamiento, folletos publicitarios y un sinfín de papelajos que nos fuimos encontrando a lo largo de sus dieciséis años.




Era una perrina encantadora. La quisimos mucho. Nos hizo felices a todos. La echamos de menos. Mis padres todavía guardan luto por ella y la recuerdan de forma continua, cualquier perro se parece a Brea, aunque todos son peores. Como le dijo mi padre a la perra en una ocasión: Aquella será más guapa, pero tú eres mucho más lista. Vaya sí lo era. La perrina está enterrada hoy en la finca de mi padre, debajo de un olivo. Aunque haya mucha gente que no lo entienda y yo personalmente no lo comparta, eso les transmite paz de alguna forma. Ver el árbol crecer, hace que de algún modo la perra no se haya ido, y los sigue acompañando. Rata sabihonda, te hayas o no reencarnado en árbol, te seguimos queriendo, ¡que lo sepas!


MARÍA Y JAVI