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23 de diciembre de 2013

YES WE CAN: ONI




Éste era Oni. Bueno era y es, porque sigue entre nosotros, y hasta donde yo sé, no le han cambiado el nombre. Bueno en casa lo llamábamos Cebollino, pero con cariño, era solo por una relación de ideas estúpida entre Oni y Onion (cebolla en inglés)… Querido Oni… Fíjate, me gustaría saber qué ha sido de ti. Cómo has evolucionado en todo este tiempo. Estoy segura de que hoy eres un perro feliz, pero tengo curiosidad por saber cómo has dejado atrás tu timidez.


Oni, fue con diferencia el perro más dulce y miedoso al que nos hemos enfrentado. Por eso me encantaría que su nueva familia nos confirmase su evolución. La que yo vi durante meses y ellos han constatado desde hace exactamente un año.



Oni era un manojo de nervios cuando lo conocimos. Había aparecido rondando por los montes, asustado y acosado por sabe dios qué miedos y qué recuerdos. Así que Oni aterrizó en Pajomal y literalmente se moría de miedo. Se quedaba aterrado en el fondo de la jaula y si cualquiera, hombre o mujer, se acercaba a él, se limitaba a tirarse bocarriba y se meaba. Así. En plata. No encuentro forma bonita ni elegante de contar esto: El animal, tenía tanto miedo que no controlaba sus esfínteres.

Siempre que me tropiezo con algo así pienso para mí, pero criatura ¿qué te han hecho?, ¿qué te habrán hecho?, ¿qué tipo de experiencias arrastras en tu lomo para sentir ese pavor?, ¿qué clase de monstruo te has cruzado en tu corta existencia? Intento alejar estos pensamientos de mi mente porque me enervan, pero están ahí rondándome cada vez que veo ese miedo reflejarse en un animal.



Oni te miraba pero no quería verte, no se atrevía a mirarte directamente a los ojos. Se veía superado por todos y cada uno de los ruidos de nuestra vida cotidiana y realmente era muy duro para él enfrentarse a los humanos. Temblaba y se tumbaba, no había más Oni.

No quería caminar. Estaba atenazado por el pánico, como atornillado al suelo. Si te acercabas a él se ponía panza arriba en señal de sumisión, si lo hacías demasiado rápido se asustaba y se meaba. Alguien había destrozado la psique del perrín, y era tan joven, que solo de pensarlo me entristezco y me indigno a partes iguales.




Oni era un perro jovencín, tendría apenas un año entonces, pero no era juguetón como un cachorro. Oni vivía aterrado, atemorizado por una experiencia anterior que no conocíamos, y que él no podía contarnos. Conocer a Oni fue duro, porque te muestra lo que somos capaces de hacer como especie. No quiero ser consciente de determinadas realidades, me minan. Habrá quien piense,- hay cosas peores-, y es cierto. Pero abusar de la fuerza ante un inocente indiferentemente de la especie a la que éste pertenezca, solo demuestra lo hijosdeputa que somos o que podemos llegar a ser. Así de fácil. Suene como suene. Aquel o aquella que es capaz de descargar su furia o su frustración con un animal indefenso, no dudará en mostrar su crueldad en otras facetas. Ojalá dios o el karma, o la justicia poética, les haga recoger lo que han sembrado.




Pero sigamos con Oni. El día que lo conocimos, Javi y yo intentamos hacer como hacemos siempre, esto es: presentarnos y presentárselo a Nanda; dar un paseo juntos por Sama y la Felguera; observar al perro; ver cómo reaccionaba; subirlo al coche para que se fuese acostumbrando a los vaivenes, etc, etc. Con Oni todo eso no fue posible. Oni, nos vió, se tumbó en el suelo, nos aromatizó la ropa y el calzado con su personal “Eau d´Orín”, y se puso a temblar. Se pasó toda la tarde tiritando presa del pánico.



Nos costó dios y ayuda cruzar con Oni el paso de cebra que separa el aparcamiento de la plazoleta del Alimerka junto a la estación de autobuses en la Felguera. Y se suponía que nosotros debíamos llevar a Oni el siguiente fin de semana a un encuentro colectivo. Me sentí incapaz. Oni, ni os cuento. Tirado en el suelo al borde del colapso nervioso no quería caminar ni saber nada de nosotros.

Si los perros razonan, estoy segura de que el único pensamiento que pasó durante esas cuatro horas por la cabeza de Oni fue un continuo: tierra trágame, o trágatelos a ellos pero que alguien desaparezca ya. Dejamos a Oni en la protectora destrozados, con el pensamiento fijo en todo tipo de posibles torturas y maltratos: las que alguien dedicó a Oni con saña y las que yo le deseaba a aquel miserable. Pobre animal, ¿cuál sería tu pasado?




Regresamos al viernes siguiente pensando en cómo reaccionaría Oni en Avilés. Lo imaginábamos aún más desquiciado y nos parecía una crueldad, pero contra todo pronóstico Oni había evolucionado. Algo en su cerebro había hecho “click”. No voy a decir que corriese como un galgo, pero ¡caminaba! Podíamos dar un paseo sin que se tumbase cada dos pasos. Tenía que ir pegado a la pared para sentirse seguro, pero ¡oh milagro caminaba!: Oni levántate y anda, y Oni, andaba.

Mejoró. Mejoraba cada día un poco. Nos íbamos de bares (tenemos un problema con los bares, lo sé…) paseábamos y había gente en la calle, rodeándonos, rodeándolo, pero lo superó. Oni lo superaba todo si había salchichas de por medio (Monumento a Campofrío pero ya!). En los bares el truco estaba en pegarse a Nanda y por la calle, pasó de tumbarse a querer arrancarme un brazo, pero andaba. Había que ir paso a paso. Lo importante era dejar atrás tanto tembleque y tanto miedo, que superase aquel bloqueo mental.




El gran descubrimiento para Oni fue el sofá. Para hacer honor a la verdad fueron dos: El sofá y la cama. Descubrir que había algo blando en lo que tumbarse le fascinó tanto que no le importaba que nosotros estuviésemos junto a él, éramos un daño colateral. Y entonces nos perdió el miedo. Y es tan bonito cuando lo hacen, cuando dejan de verte como al enemigo que no puedo describirlo con palabras. De repente te buscan donde antes te esquivaban. De pronto confían en ti, ellos que habían perdido la fe en la raza humana, súbitamente la recuperan y es gracias a ti. Y entonces te devuelven parte de esa esperanza. La que supone que no todo está perdido, la que dicen que es la última en abandonar el barco.


ONI EN SU NUEVA CASA

He de confesar que contra mis propios principios, no fui capaz de corregir muchas cosas en Oni, que lo malcrié, que gracias a dios no nos quedamos con él porque hubiese sido un perro muy maleducado. Pero sentía tal pavor ante los humanos que yo no me atrevía a reñirlo cuando meaba en la alfombra, o cuando me robaba algo del plato o de la basura. Solo queríamos que perdiese el miedo, y creo que eso más o menos lo conseguimos Espero que sus actuales dueños sean capaces de perdonarnos. Fuimos débiles, pero era tan mono J


MARÍA Y JAVI