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30 de diciembre de 2013

YWC: GATOS



Siempre hablo de perros pero una vez tuvimos gatos. Bueno en realidad ellos nos tuvieron a nosotros, ya sabéis como son los gatos. Fue hace muchos años, en la primera casa que alquilamos. Era una casa vieja, dividida en varias plantas y con un huerto. Nosotros alquilamos el bajo, y los gatos ya vivían allí. Cada mañana al levantarme y salir al patio, una marabunta se abría paso ruidosa a través de los tejados. Siempre había pensado que los gatos eran silenciosos hasta que me di cuenta de que cuando tienen prisa no lo son. Varias colas en alto salían miagando de todos los rincones para darte los buenos días y pedir el desayuno. Eran europeos comunes, de esos colores que se repiten hasta el infinito, negro y blanco, blanco y negro, negro entero, atigrado… Ellos habían nacido en aquella casa y como supervivientes natos se adaptaban a los inquilinos que tocasen en cada momento. Son listos los gatos, los puñeteros. Nunca me había parado a pensar cómo eran de inteligentes hasta que no los tuve de compañeros de piso. Siempre había dado por hecho que serían como los perros, pero ciertamente (alguno me va a matar ahora) son más inteligentes que los cánidos. Otra cosa es que sean más rebeldes, porque no suelen aceptar las órdenes así como así. O en tal caso, ellos suelen estar en la parte más alta de la jerarquía convivencial.




Convivimos durante cinco años con una colonia de gatos, y me dominaron totalmente. En casa mandaban ellos. Se colaban en cuanto abrías la puerta buscando calor o un bocado, y me discutían continuamente mi indisciplina a la hora de no darles el paquete de comida fresca que me reclamaban. Me tenían a toque de corneta, no podía acercarme a la nevera sin que tres o dos voces, chillasen desde algún punto de la casa reclamando el peaje que suponía solo el hecho de abrir la puerta. Y se ponían melosos, enroscándose entre las piernas, y susurrando mientras pedían con esos grandes ojos que solo ellos saben poner aún más expresivos.



Lo que más les gustaba del mundo era el sofá, el sofá y la estufa, por supuesto. Frente a la estufa se sentaban cada día estuviese encendida o apagada. Y era graciosos verlos concentrarse frente al calefactor apagado casi sintiendo un calor que no existía. Y como ocurre con los perros, cada uno de ellos tenía una personalidad distinta, que el primer día no ves, pero que el tiempo te descubre.




La pionera fue Susi, Susi era una gatina canija y atigrada que debía haber conocido muy bien a los anteriores moradores del piso, porque apareció por allí el primer día como Pedro por su casa. Yo adoraba a aquella gata. Correteaba detrás de ti por casa o por la calle reclamando continuamente tu atención. Susi estaba en casa desde por la mañana hasta por la noche, cuando cansada se iba a explorar sus territorios. Y entonces miagaba frente a la puerta, y todos los días a eso de las tres de la mañana representábamos la entradilla de los Picapiedra cuando Pedro saca al gato junto a la botella de leche.




Susi se pasaba la vida en el cuello ronroneando y dormir con ella solo tenía un peligro y era que se despertase y comenzase a amasarte con cariño. Por eso dormíamos abrazadas pero con una manta entre ambas para prevenir ataques amorosos durante la noche. Le encantaba también el ordenador, que te sentases frente al teclado era símbolo inequívoco de que te pasarías varias horas con el culo pegado a la silla por lo que ella podría disfrutar de tu regazo sin interrupción. Cuando veías la tele no lo tenía tan claro, y entonces hacía como hacen los gatos cuando se aburren: reclamar tu atención. Susi se subía al armario y maullaba. Si seguías sin hacerle caso acercaba su pata al primer disco de la repisa y lo tiraba. Sabía que entonces no tardarías en ir a buscarla. Si después del primer maullido decías algo como “Susi no lo tires”, se limitaba a mirarte desafiante mientras golpeaba el disco sin apartar la mirada. Los gatos son transgresores, no les gustan las normas.




Hubo otra cosa que me sorprendió en Susi, su capacidad de disimular. Cuando la casera que no estaba muy contenta con la presencia de los gatos, estaba cerca o se paraba a hablar con nosotros ella fingía no conocernos y se escabullía entre las matas o las paredes sin que nosotros o la señora la hubiésemos espantado.





También sabía distinguir nuestro coche de cualquier otro. Aparte de controlar los horarios, Susi identificaba el motor del forito y venía presurosa en nuestra busca cada vez que lo oía aparcar. A Susi no le gustaba que te fueses de casa cuando llovía o cuando ella interpretaba que te pasarías la tarde mirando para ella, entonces correteaba detrás de ti el trecho que hiciese falta y alguna vez nos fuimos a dar una vuelta sin querer con la gata. Si intentabas que volviese de vuelta a casa, solo conseguías que te siguiese agazapada entre los coches.






Susi desapareció un día sin dejar rastro. No volvimos a saber de ella, quedaron sus hermanos y sus primos pero ella se fue. Supongo que estará en el cielo de los gatos, pero también es posible que encontrase un chalet más confortable en el que pasar sus días. Por eso me la imagino frente a una chimenea caliente, amasando el regazo de alguien que con una mano la acaricia mientras con la otra le da pequeños trocitos de pavo.




MARÍA Y JAVI