Buscar este blog

6 de enero de 2014

YWC: NENÉ



Sigo contando historias de gatos, porque cinco años de colonia gatuna dieron para mucho. La primera fue Susi, pero ella le abrió la puerta a muchos de sus parientes. Y uno de ellos fue Nené. Nené, era un gatín pequeño, debía tener unos seis meses cuando apareció la primera vez por la puerta. Y como todos los cachorros, humanos o animales, tenía una cabeza desproporcionadamente grande que le hizo ganarse el apodo, del “cabezonín” como además era terco como una mula, el sobrenombre le acompañó durante años. Quizás porque aún era un cachorro no tardó en fiarse de nosotros y en aprender que la gente significaba comida y cama caliente. Así que durante años entró en casa, primero con Susi, y cuando ella desapareció, entraba solo disfrutando de su condición de “gato único”. Si Susi adoraba el sofá, Nené estaba enamorado de la cama. A nosotros no nos hacía especial ilusión que aquel bichito se colase en nuestra habitación a la menor distracción, pero era simpático ver como la gozaba cada vez que entraba por un despiste nuestro. Cuando no sabías donde estaba el gato, no había fallo. Se había deslizado sibilinamente en la habitación y disfrutaba “repanchingado” todo lo largo que era sobre la manta. Cuando abrías la puerta y lo pillabas infraganti, se limitaba a soltar un largo miau y cambiaba de postura mientras ronroneaba. Le encantaba. Una vez intentamos para quitarle la costumbre dejarlo cerrado en la habitación, en un tonto intento de que al sentirse atrapado perdiese la gana de volver a colarse. Pero para nuestra sorpresa cuando horas más tarde volvimos a abrir la puerta de la habitación, no solo no había cambiado de postura sino que se limitó a estirarse sobre la almohada.





Perdimos esa batalla contra él como muchas otras, y nos acostumbramos a encontrárnoslo enroscado entre las mantas.

Nené, era muy mimoso de chiquitín, durante su adolescencia no renunció a los achuchones pero los administraba según sus apetencias y cuando no le apetecía que lo agobiáramos se limitaba a echarnos una de sus miradas como la que se ve en la foto. Te decía con los ojos, pero qué pesada eres, déjame en paz. De todas formas nunca fue arisco, ni renunció a dormir largas siestas conmigo en el sofá o en la cama.




La nevera lo traía por la calle de la amargura y era capaz de distinguir el sonido de su puerta abriéndose desde cualquier rincón de la calle. Si el gato no aparecía para cenar, solo había que abrir la puerta de la nevera para que apareciese corriendo a trompicones y empezase a reclamar su manduca.



Había otro electrodoméstico que lo tenía en vilo, la aspiradora. Desde el primer momento la vió como su archienemiga y no podías encenderla sin que el gato se dedicase a perseguirla por toda la casa pegándole fuertes golpes con la pata. Incluso cuando una vez recogida la guardábamos bajo la cama, se dedicaba a desafiarla con la mirada y se pasaba largas horas sentado vigilando que su antipática enemiga no volviese a conectarse. Después del tiempo que él consideraba suficiente se volvía triunfante hacia ti maullando, como diciendo, he vuelto a ganar, la tengo dominada.

Otra de sus manías persecutorias era colgarse de las sábanas del tendedero, le parecía la mejor forma de probar su agilidad y como te descuidases te lo encontrabas colgado como un alpinista en plena ascensión.




Nené era celoso, no le gustaba que otros gatos compartiesen el paraíso que él había descubierto y del que se consideraba dueño y señor. Si alguno de sus congéneres traspasaba el umbral de la puerta, no los echaba, pero venía corriendo a reclamar tu atención para que recordaras que él era el mejor gato que podrías encontrar en 100 km a la redonda.



Otra cosa que me llamaba la atención de Nené, es que nosotros en aquel entonces teníamos jerbos en un par de jaulas. Su instinto de cazador le decía que ellos eran su presa, pero su interés en seguir siendo un inquilino ejemplar era superior a su instinto, por lo que se limitaba a sentarse en frente de la jaula y mirar. De vez en cuando se dirigía a ti, y con un gemido te decía, ¿puedo?, yo le contestaba, no. Y él se limitaba a sentarse mirándolos, imaginando un mundo paralelo en el que le dábamos permiso para abrir la jaula y darse un festín. En todos los años que estuvo en casa, nunca intentó atacar a los ratones. ¿son listos los gatos, eh?




Al contrario que Susi, él no tenía mayor problema en pasarse la noche en casa, y habitualmente cuando fiel a mi costumbre me despertaba de madrugada en el sofá con la espalda hecha un ocho, solía encontrármelo sentado junto a mí mirando con atención la teletienda. Nunca entendió muy bien por qué tenía que pasarse algún tiempo fuera de casa. Él hubiese deseado pasarse la vida mullido entre cojines ronroneando mientras recibía paté o latas de comida fresca, exigiendo caricias a discreción y durmiendo en una cama caliente tapado hasta los bigotes frente a una estufa encendida. Había nacido en la calle, pero era un gato casero.





MARÍA Y JAVI