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26 de mayo de 2014

VERGÜENZA: EL ABANDONO EN NÚMEROS


Cuando la deshonra juega en casa

Leo en una web que la vergüenza ajena produce en nosotros las mismas reacciones psíquicas y neuronales que la vergüenza propia. Desde pequeños hemos aprehendido las connotaciones culturales de este sentimiento por lo que hemos interiorizado lo que nos causa (o debería causar) vergüenza y lo que no. Entendemos por vergüenza el desagradable estado que una determinada situación nos produce y que hace que nos sintamos separados o distintos de otras personas. La vergüenza no es más que un modo de empatía. A la inversa, pero empatía al fin y al cabo. Podemos sentir empatía hacia otra persona cuando sufre o cuando hace el ridículo, y de una forma absurda, empatizamos con su vergüenza cuando hace algo reprobable a nuestros ojos.

Y aquí viene el meollo de la cuestión: Durante el año 2013 “solo” en Gijón se recogieron en el depósito municipal 591 perros. Y ahí está otra vez esa sensación de oprobio atenazándome la garganta.




188 de los mismos habían sido extraviados y fueron recuperados por sus propietarios. Bien. Menudo susto. Me alegro por ellos. ¿Pero qué ocurre con el resto? Más de 400 animales fueron arrojados a la cuneta más cercana sin que nadie reparara en ellos ni se molestase si quiera en posar la vista atrás.

Se me inflaman las amígdalas de la rabia. Aún más si me paro a pensar que esos 403 (los tres restantes también cuentan También eran animales que tenían una casa, un dueño, una familia. Esos tres perros tendrían un nombre y un carácter y una vida…) son los que se registraron oficialmente en el depósito municipal, pero en esa cifra no entran (a estas alturas de la película ya no sé si decir gracias a dios o por desgracia…) todos aquellos a los que también desahuciaron y acabaron perdidos en medio de la nada en montes o descampados. Los que fueron recogidos por algún alma caritativa que los tropezó caminando desorientados o los que finalizaron abruptamente sus días contra el guardabarros de un vehículo mientras seguían desesperados el coche que acababa de arrojarlos de sus vidas.

Hay que tener cojones. O no tenerlos. Ya no lo sé…




Cuando los números sangran

Las estadísticas también duelen. El volumen de abandonos en Gijón cuya población es de 275.274 habitantes es demasiado alto. Según estos datos uno de cada 700 habitantes abandonó un perro en esta ciudad. Y todo esto teniendo en cuenta que no cada uno de los 700 tiene perro. Que quizás la cifra de propietarios se reduzca a la mitad. Pero no encuentro forma de consultar estos datos.

Hay sin embargo, otras estadísticas calculadas por el INE para cada 700 habitantes. Cada 700 habitantes se celebran 3 bodas, hay 5 nacimientos y se mueren 8 personas. Cada 700 habitantes hay 4 médicos; 5,5 bares; 0,8 policías y 0,1 jueces… Tenemos diez veces más abandonos que jueces y más perros abandonados que policías… Y todo esto sin saber cuántos animales viven legalmente en Gijón, porque no hay un registro público del número de animales residentes. Creo que casi prefiero no saberlo porque algo me dice que el porcentaje de abandonos respecto al de perros inscritos en el municipio puede ser muy elevado. Buscando este dato (el número total de perros registrados en el concejo de Gijón) me tropiezo con otro tipo de información de interés público:

Los particulares que no puedan seguir atendiendo a su perro o gato, deberán entregarlo en el Centro de Depósito, previo abono de las tasas correspondientes por la recogida del animal. Al mismo tiempo que se realiza esta recogida, el propietario entregará toda la documentación que sobre el animal posea. Todos los animales retirados de los domicilios particulares deberán estar en aceptables condiciones de salud, y ser aptos para poder cederlos en adopción.

“Precioso todo”. Y aquí retomo con el oprobio, la vergüenza, la deshonra y la culpa. Leyendo el número de sinvergüenzas que viven entre nosotros, me preguntaba a mí misma si sería posible que algún tipo de psicopatía les impidiese empatizar con el perro al que abandonan. Pero si no les avergonzase, si la culpa no los reconcomiese por dentro irían todos a cara descubierta a dejar por escrito en el Ayuntamiento que renuncian a seguir siendo amados incondicionalmente por su perro. Reconocerían que ya no quieren que su familia sea de 3,4 ó 5 miembros, que a partir de ahora desean solo ser 4,3, ó 2. Irían sin importarles la cara que pondría el funcionario cuando se acercasen correa en mano a darle la patada al cachorrito de navidad o al fiel compañero ahora anciano. Lo dejarían allí después de haber firmado un papel y no les afectaría el animal que los mira extrañado, con sus ojos expectantes esperando recibir la orden de “vamos, ven”.

Pero no lo hacen. O no suelen hacerlo. Se limitan a abrir la puerta del coche en una carretera apartada. A acercarse sibilinamente a los albergues y dejarlos amarrados durante la noche a la puerta de una jaula. Algunos tienen la sangre fría de intentar arrancarles el chip que los identifica. Otros jamás en su vida se plantearon siquiera identificarlos.

Tienen vergüenza. Algo. Un poco. Un residuo. No se atreven a hacerlo cara a cara. No pueden mirar de frente al funcionario o al trabajador de la perrera. No lo dicen en voz alta. No reconocen en público haber cometido semejante atrocidad. No son capaces ni de enfrentarse al animal que van a dejar tirado en la estacada.

Espero que por las noches sueñen con unos ojos redondos fijos en su incomprensión. Que les atormenten los aullidos lastimeros que hace tiempo se dejó de oír. Que al marchar el día, en la quietud de la madrugada ese pensamiento fijo les cause insomnio. Que se pases las noches en blanco con el remordimiento atenazándoles el alma en ese momento del alba donde todas las cosas se hacen aún más grandes. Donde las cargas son más pesadas y la culpa hace ensangrentarse los ojos.

Espero que en ese preciso instante sientan todo el dolor de la vergüenza. La suya, la que perdieron por el camino y la de todos los que aún sin conocer sus nombres les acusamos en silencio.




Aún quedan cifras para la esperanza

La otra cara de la moneda: 373 perros fueron adoptados en el albergue municipal de Gijón durante el año 2013. Aún hay un pequeño desequilibrio, pero entre todos superaremos esa oscilación.

La vergüenza es social. A través de la vergüenza se corrigen o condenan determinadas actitudes. La culpabilización y el rechazo público pueden ser también formas de concienciación.

Rechacemos de lleno el abandono de animales. No lo abandones. No nos hagas sentir vergüenza.



MARÍA Y JAVI