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30 de junio de 2014

LUNA LUNERA, CASCABELERA


Esta es Luna, Luni, Lunina, Mio-mio o simplemente la Micifú. Luna llegó a nuestras vidas poniéndolo todo patas arriba con su vocecilla chirriante de maullido continuo.



Luna tiene casi diez años, una rinitis crónica, los ojos ciegos y sus siete vidas intactas. No sé que fue en su historia lo que nos llamó la atención y nos hizo traerla, pero si sé lo que la hace quedarse entre nosotros. Luna es una gata vieja, tranquila, cariñosa y charrana que las primeras semanas nos trajo a todos de cabeza.



Introducir en casa a Luna fue sencillo para ella, y complicado para todos los demás. Luna en seguida plantó en el salón su campamento base y se preocupó de marcarnos con sus feromonas poniéndonos el sello de esclavos de su propiedad. Identificó perfectamente la nevera, buscó a tientas la escudilla del agua y su letrina e ignoró a la perra desde el primer momento. Para mi querida compañera canina no fue tan fácil. Nanda necesitó más tiempo para asimilar que aquella ingrata bola de pelo había venido para quedarse y no como un tentempié para su cena de Navidad. Los comienzos siempre son duros, y el nuestro también lo fue.



Amasadora incansable y ronroneadora pertinaz, se abrió paso entre nosotros a base de exigirnos cariño y atención. De increparnos cuando la dejábamos en casa sola, de protestar enérgicamente cuando no cumplíamos sus órdenes en el modo y forma que ella reclamaba. Y sobre todo tornándose en un pequeño amasijo de mimos por las noches.



Luna se enrolla en mi cuello para dormir. Se acomoda alrededor de mis pulsaciones buscando infatigable el latido de mi corazón. Duerme conmigo como una pequeña y suave estola de pelo pardo. Y Javi se ríe porque resopla al ritmo de mis ronquidos acompasando su pequeña respiración a la mía. Pequeña gatina ruinuca, nos has complicado la vida un poco más pero también la has engrandecido y te adoro por eso.



Ni siquiera llevas un mes en casa y ya no sabría vivir sin ti. Es increíble la cantidad de espacio que puede ocupar un animalillo tan diminuto.


Y yo francamente, no recordaba los tiranos que pueden llegar a ser los gatos. Como pasan de melosos a indiferentes, como marcan los tiempos y se hacen querer y de rogar a partes iguales.



Y adoptando a Luna volvieron las preguntas que hacía tiempo tenía olvidadas: ¿por qué has cogido un gato tan mayor?, ¿por qué un gato ciego? Y vuelven las caras de compunción y las de no te hagas el héroe, y francamente no sé si desempolvar las respuestas guardadas en el cajón o si simplemente encogerme de hombros.



Luna es una gata normal, tranquila y buena. Pero es exigente como todos los gatos. Ha identificado perfectamente la cocina y sabe que si miaga más de la cuenta conseguirá un bocado más suculento que el pienso que tiene en su cuenco. Es cariñosa y “repunante” a partes iguales. Adora dormir con gente pero no soporta que la cojas en cuello. No le gusta sentirse manejada por nada ni por nadie. Ella es la dueña y señora de sus movimientos. Luna se sube sin problema al sofá y a la cama. Se mete en los armarios y curiosea en los cajones. Trepa a las mesas y a los muebles a la que te descuidas y rezunga si la riñes o no la dejas hacer algo. Luna juega a perseguir cuerdas de lana, se guía por el movimiento. Y es ágil la cabrona pese a no poder fiarse de sus ojos.



Luna te da con la pata y te muerde cuando ya no quiere más mimos. Es su forma de decirle a su esclavo que puede dejar el masaje. Pero te arrulla y te lame cuando duermes la siesta y se acomoda en los huecos de tu cuerpo siempre tocándote, siempre en contacto. Luna adora el pavo, el pollo, los sobres de comida fresca, las salchichas y las bolas de queso. Es una gata normal, que reparte sus días entre retozar al sol, exigir comida y dormitar entre sus dueños. Cogí a Luna, porque quería un gato. Así sin más. Pero un gato tranquilo, que se llevase bien con perros. No quería un gato independiente, sino un gato lapa, y ahora tengo una gata pesada que me requiere por toda la casa como si todo mi mundo tuviese que detenerse a su vera. Luna no puede saltar, ni trepar demasiado alto, lo que la convierte en mi gato ideal puesto que no soporto el estrés de pensar en las ventanas abiertas. Tampoco me gusta que el gato pueda estar por encima de mi cabeza. Me gusta que todos tengamos los pies en la tierra. Luna era la gata que buscaba y yo la esclava-cojín que ella necesitaba. Puedo adornarlo con múltiples excusas y con frases rimbombantes pero ¿sabéis qué? Que adopté a Luna porque me dio la Real Gana.


María y Javi