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9 de junio de 2014

MALTRATO ANIMAL = VIOLENCIA


Un mal comienzo. Hoy me ha llegado al correo una de esas solicitudes de firma de Change.org. He abierto la petición de forma casi rutinaria y he descubierto con horror que efectivamente hoy no va a ser un buen día. La demanda viene de Almería, y es sencillamente espeluznante. Varios chavales, todos ellos menores de edad, dando rienda suelta al hijo de puta que llevan dentro, apalearon, vejaron y maltrataron de todas las formas inimaginables a un burro infeliz que había sido previamente abandonado en un descampado. Precioso todo oye.

La historia me recuerda trágicamente por el paralelismo, a la que hace unos años, y en contra de su voluntad, protagonizó el gato Neptuno. Animal al que unos niños habían dejado paralítico en una piscina, cuando apenas era un cachorro…

Y lo más escandaloso os diré que es: la falta de concienciación y consecuencias. Si uno teclea en google Burro Capitán, se dará cuenta de que las pocas noticias que hagan referencia al suceso hablarán de la repercusión en las redes sociales y buscarán la lágrima fácil hablando de un pobre animalito indefenso, pero casi en ningún medio se habla de la responsabilidad de los hechos, o de la atrocidad si queréis, que supone que unos niños hayan llegado a esos extremos de ensañamiento. Sinceramente vivimos en una sociedad enferma si perseguimos la quema de papeleras pero ignoramos los episodios de violencia.

Porque aunque no os lo creáis en España el maltrato animal está tipificado. En su artículo 337, el código penal recoge que “el que por cualquier medio o procedimiento maltrate injustificadamente a un animal doméstico o amansado causándole la muerte o lesiones que menoscaben gravemente su salud, será castigado con la pena de tres meses a un año de prisión e inhabilitación especial de uno a tres años para el ejercicio de profesión, oficio o comercio que tenga relación con los animales“. Pero seamos realistas, ¿cuántos casos conocéis de condenas por maltrato animal? Son tan “excepcionales” que hasta copan titulares de periódico. Casi parece el empeño personal de un juez más que una pena regulada.

Yo ya no pido en este caso penas de cárcel para los autores, solo pido, insisto, concienciación y consecuencias. Pido que nos tomemos en serio los casos de maltrato animal pero no solo porque sean seres vivos que sufren y bla, bla, bla, sino porque muchas veces se trata de una señal de alarma que nos empeñamos en ignorar.

Como ya advertimos en este mismo blog hace tiempo, el maltrato animal puede (y suele) ser la antesala de otros tipos de violencia.
La violencia es un acto intencionado y un abuso de poder. La crueldad no es más que la indiferencia ante el sufrimiento de un tercero. Hoy sabemos que la violencia por desgracia, suele ser cíclica. Que si eres víctima tienes más posibilidades de convertirte en verdugo. Lamentablemente la normalización de la violencia contribuye a acrecentar ese círculo vicioso.

La agresión a los animales está contemplada por la psicología como un posible signo clínico de conducta o desorden antisocial. Además en muchos casos, cuando la violencia es ejercida por menores de edad puede ser una llamada de atención ante una situación de maltrato vivida en casa. Haciendo oídos sordos a la crueldad hacia los animales estamos ignorando un problema latente no solo en nuestra sociedad sino en un individuo o domicilio concreto.

La Asociación de Psiquiatras Americanos advierte que el maltrato animal debería ser utilizado como predictivo de la violencia doméstica. ¿De verdad vamos a ignorar la crueldad hacia los animales?

La violencia engendra violencia, no tener en cuenta las agresiones a los animales por parte de niños o jóvenes supone una forma implícita de aprobar este tipo de comportamiento. ¿Qué tipo de educación cívica y qué conciencia ciudadana impartimos si nos empeñamos en mirar para otro lado?


Si tenemos principios morales y queremos que los adultos del futuro tengan algún tipo de ética debemos comenzar a implicarnos. ¿En contra del maltrato animal? No. En contra de la violencia. Así. Sin más.

María y Javi