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20 de octubre de 2014

FAMILIAS


Quería dedicarle unos minutos de mi tiempo y del vuestro a simplemente manifestar un concepto que por lo que parece para algunos es difícil de entender: mi perra y mi gata no son mascotas, son miembros de pleno derecho de mi familia. Es decir, no tengo simples animales, tengo dos compañeras de otra especie. Así de simple.

MARÍA, JAVI, NANDA Y SU AHIJADO ROLAND

Antes de que alguno se lleve las manos a la cabeza y me diga que estoy mezclando churras con merinas, voy a intentar explicarme y ahondar en el asunto.

Distingo perfectamente una persona de un animal. Es más, distingo a la perfección las diferencias que hay incluso entre distintas especies de animales. Sé que cada uno de nosotros tiene unos códigos y unas limitaciones distintas. Sé que puedo pedirle a mi perra que me siga al fin del mundo pero no que razone y me diga cuantas son dos más dos. Sé que hay lugares en los que será bien recibida y otros en los que no procede que me acompañe. Sé que tiene que estar bien educada para garantizar que viva en una sociedad de convivencia. También por supuesto sé que no es una persona, no digamos ya un niño. Mi perra no razona pero yo razono por las dos. Pero eso no quiere decir que no cuente con ella.

Lo mismo podría decir de la gata, aunque con distintas disposiciones. Sé que mi gata tolera con resignación cristiana perros y visitas, que soportará que le reclames la cazadora en la que se ha acurrucado e incluso que la desplace del sofá en el que se había echado a dormitar, pero no puedo pedirle que me ayude a hacer la declaración de la renta, que entienda que tiene que ir en trasportín cada vez que sale de casa o que el veterinario no es el campo de concentración en el que ella cree que vamos a internarla.

NANDA Y LUNA

Son animales y como tales los trato. Yo doy las órdenes y pongo las normas, pero eso no quiere decir que no las quiera. Están a mi cargo y lo estarán mientras vivan que espero y deseo fervientemente sean tantos años que revienten las estadísticas. Pero esto que para mí es bastante simple, parece ser que hay mucha gente que no lo entiende. Y me sorprendo a veces cuando veo las reacciones de algunas personas, muchas de las cuáles son incluso amigas, pero a veces parece que provengamos de Marte.

Conozco mucha gente que no acaba de entender que si mi perro se pone enfermo para mí es un problema. Que si me cambio de piso y no admiten animales no voy a coger ese piso por muy idóneo que éste sea. Que si hago planes para estar fuera tengo que contar con ellas o con donde reubicarlas. Que si no estoy con ellas durante X tiempo me preocupo y llamo al canguro improvisado para preguntar qué tal están y qué han hecho. Porque para mí no son simplemente un perro y un gato.


Hay demasiada gente que no entiende que los animales son a veces verdaderos bastiones morales a los que aferrarnos. Tengo amigos, conocidos y familiares, que se apoyan en sus perros o sus gatos para sobrellevar la soledad. Gente para quiénes sus vidas no tienen sentido sin sus amigos de cuatro de patas. Personas que no tienen más compañía diaria que la de ese bicho por el que se desviven, que les acompaña día tras día convirtiendo sus casas en hogares. Ya no pido que lo entiendan, me conformo con que lo respeten. Le pediría a toda esa gente que nunca ha entablado una relación así con un animal que se ahorren todos esos comentarios del tipo: los gatos transmiten enfermedades; los perros se celan de los niños; pero sobre todo esa manida frase de: pero si solo es un perro/gato, porque ahí sí que no. Por ahí no paso. Ahí os equivocáis de pleno, no son un perro o un gato, son dos miembros de mi familia.