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29 de diciembre de 2014

ROMÁN EN TIERRA HOSTIL




Hoy he vuelto a salir al extranjero. Dos monos sin pelo me vinieron a buscar. Me sonaban remotamente, pero no he podido ubicarlos del todo bien. Después he visto de nuevo a esa perra rubia. A ella sí que la recuerdo de otra vez. Me he puesto muy contento cuando la he visto, porque al menos hay alguien a quien preguntarle cuando me surgen las dudas. Me estaban esperando en la puerta, con uno de esos artilugios que utilizan los monos para desplazarse. Esos que rugen y echan como fuego. Recordaba levemente que tenía que subirme ahí así que cuando se han abierto las puertas me he abalanzado sin dudarlo. Me dan pánico esos chismes, nunca se sabe lo que puede salir de ahí, así que cuanto menos lo piense y primero pase mejor. El problema es que he subido con tanto ímpetu que me ha fallado el salto. La perra rubia se reía desde abajo porque uno de los monos, creo que una ella, me ha tenido que ayudar a subir. Después se ha subido la rubia y la puerta se ha cerrado detrás de los dos. Los monos intentaban decirnos algo, pero sigo sin comprender muy bien su dialecto. La perra rubia parece haberles entendido porque se ha tumbado nada más cerrarse la compuerta y yo me he quedado sentado olisqueando intentando comprender. Lo cierto es que pese al ruido y la polvareda, no se está mal en esos cachivaches. Al menos no hace frío, y nuestro compartimento está hasta mullido. Me he entretenido pegando la nariz al objeto frío a través del que se ven los árboles. 

ROMÁN ESTÁ EN ADOPCIÓN EN AMIGOS DEL PERRO
 
No entiendo muy bien cómo funciona esto, pero no ha pasado mucho tiempo hasta que nos hemos detenido en otro lugar. 

No conocía el sitio donde nos hemos bajado, así que me he puesto algo nervioso. No sabía muy bien a dónde tenía que ir. No había árboles, ni hojas, ni hierba. El suelo es duro y está cubierto de polvo, he intentado perseguir los olores que me llegaban desde las esquinas, pero los monos no me han dejado cazar los rastros. Durante un momento se me pasó por la cabeza darles esquinazo y perderlos de vista, pero tras dos intentos infructuosos me he rendido a la evidencia de que no van a irse tan fácil y me he dejado llevar. La perra rubia me mira cómo si estuviera loco. Ella no se separa de su vera. Supongo que sabe lo que hace, y eso espero porque no me queda otra que confiar en ellos.
Hemos avanzado entre los carros de ruido y otros monos. Al principio pensaba que todos los monos desconocidos venían a cogerme, al fin y al cabo en el albergue siempre es así. Cuando llegan los monos siempre se te acercan, te dan comida, te limpian, te sacan a caminar, te acarician. Pero conozco a esos monos. Siempre son más o menos los mismos y siempre vamos por el mismo lugar. Por eso me asusto de los que nos vamos encontrando, no sé quiénes son, y temo que se me acerquen y me lleven aún más lejos, a algún lugar que no conozca. No entiendo muy bien que quieren de mí. 

Según hemos continuado por el sendero me he reencontrado con olores familiares. Nos hemos acercado a un parque en el que ya había estado. Ahí no se está mal. He tenido que volver a marcar los árboles porque otros perros que no me suenan de nada han estado en ese mismo sitio hace no mucho. Me he puesto muy contento cuando he vuelto a ver el río. Se está bien en esa zona, hace sol y es agradable. Por ahí no pasan carros y suele haber más perros. 

Me encanta conocer otros perros, siempre me acerco a saludarlos pero todos llevan un mono detrás, no me gusta que sus monos intenten tocarme… Después me he dado cuenta de que yo también llevo un par de monos conmigo, y que tampoco se está tan mal. Son amables y deben conocerme porque me llaman por mi nombre. Pasado un rato nos hemos parado y me han cepillado. No es la ilusión de mi vida, pero es agradable que te acaricien mientras tomas el sol, así que tampoco he puesto objeciones. 

Nos hemos encontrado con más perros y no he reconocido el olor de ninguno. Me gusta encontrar nuevos perros, siempre se descubre alguna hembra que no conocías de antes. 

Luego hemos seguido caminando y hemos dejado el río atrás. Esa es la parte que menos me gusta. Los monos se han detenido en un lugar poco apropiado para nosotros. ¡Demasiado expuestos! No teníamos una pared en la que resguardarnos y ponernos a cubierto así que me he puesto un poco nervioso. Han pasado bastantes monos, e incluso crías de mono. Todos ellos hacen mucho ruido. Después me he dado cuenta de que pese a lo estridentes que son, parecen inofensivos. Los he olfateado desde lejos, pero tampoco me sonaban. Algunos monos me hablaban, agradezco su esfuerzo pero sigo sin comprender su idioma. La perra rubia parece conocerlos a todos, porque se acerca encantada a saludarlos cuando se paran. Es una costumbre un tanto extraña. Se ve que en el extranjero son más confiados con los extraños. Intento hacerme a la idea, la próxima vez procuraré recordarlo. 

Hemos estado en ese sitio parados demasiado tiempo. Al principio me resultó interesante, había muchas cosas que olisquear. También me acercaron un par de bocados que no recordaba haber probado. Eso me gustó aunque no tenía hambre, comer por comer también está bien. Pero después de haber investigado, y haber comido, no le veía interés a permanecer mucho más tiempo en ese sitio, así que me he impacientado un poco. He intentado hacérselo saber a mis monos. No han parecido entenderlo pero al menos me han acariciado un buen rato. Es agradable cuando lo hacen, les he pedido un poco de cariño más. 

Han pasado mil horas hasta que por fin se han levantado. ¡Bien! Lo he celebrado con ganas, por fin nos movíamos. No acabo de entender el interés de estar tanto tiempo parado en un sitio cuando hay tantos lugares que aún no conozco. Por fin hemos vuelto al río, desandando el camino, y una vez allí, han hecho algo, aunque no he entendido muy bien el qué. He notado algo cerca de la cabeza, no me molestaba pero tampoco es agradable notar más peso del que debería tener ahí. Sea lo que fuere, los monos parecían encantados. La perra rubia me miraba sorprendida. Se nos han acercado otros monos distintos, me han mirado y sonreían, parecía que yo les gustaba. Eso es nuevo. Después el mono hembra me ha acercado esa máquina que tiene luz. Se ha entretenido un buen rato mirándome con ella, y me ha quitado por fin lo que tenía en la cabeza. Hemos seguido caminando entre los monos y al final del camino que ya conozco he encontrado el carro. Esta vez no he fallado al subir. 


Cuando por fin se ha vuelto a abrir la puerta estaba en casa. Me he puesto tan contento que no me he acordado de despedirme de mis monos. Creo que no me importaría que volvieran, creo que empiezo a entender lo que quieren de mí.



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