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1 de diciembre de 2014

UNA MUERTE DIGNA


Como me he levantado con ganas de jarana, voy a meterme de lleno en un bonito berenjenal hablando de una cuestión que no por polémica deja de ser menos importante: La eutanasia animal.

Vaya por delante que esto que aquí escribo es una opinión personal e intransferible y que no es representativo ni lo pretende, de la política y/o el sentir de Amigos del perro.

Vale. El término Eutanasia, viene del griego eu (bueno) + thanatos (muerte), y significa literalmente “buena muerte”. Teniendo esto por principal premisa voy a exponer mi argumento. En primer lugar, aclarar que contemplo la eutanasia como un acto más de amor y respeto hacia el animal que tanto me ha dado. En ningún momento pretendo hacer referencia a la eutanasia como método de control de superpoblación o afines.

Todo aquel que tiene o ha tenido un perro o un gato, en algún momento se ha planteado lo que ocurrirá cuando ese animal deje de estar bien. Algunos “afortunados” pierden a su amigo de forma natural, pero la mayoría de nosotros tenemos que enfrentarnos a una decisión dura y descorazonadora como pocas: eutanasiar o seguir para adelante.

Normalmente para que un veterinario te plantee esa posibilidad, el animal que compartía tus días no es solo que esté a punto de finalizarlos sino que el trecho que se le avecina no le va a ser en nada grato. Suele plantearse esta cuestión ante animales cuyas expectativas vitales son inexistentes, pero a menudo se nos sugiere también cuando no solo su trayectoria va a ser más o menos corta, sino cuando su calidad de vida se va a ver abruptamente reducida.

La eutanasia animal es una decisión personal que cada persona debe evaluar en función de su caso concreto. En lo que a mí se refiere, espero que nunca me falte la lucidez que me ha conducido hasta el momento.



He tenido la suerte y la desgracia de compartir mi vida con más de un perro, digo la suerte por lo que es obvio, y la desgracia porque ya no están. No han tenido mis animales la fortuna de morir de repente, sin que ni ellos ni yo nos enterásemos. Esa muerte idónea que todos nos planteamos en algún momento de nuestras vidas, no llegó a la suya. Digo “muerte idónea” o idealizada, porque en el fondo, si alguna vez pensamos en la parca, la mayor parte de nosotros nos la imaginamos sigilosa y cruzamos los dedos a la espera de que se presente de noche y de puntillas, que nos arrastre del sueño y lo continúe, sin que lleguemos a despertar.

Esa era la muerte que yo le hubiese reservado también a mis compañeros caninos, pero no ocurrió así. Llegaron antes la vejez y la enfermedad y a ellas tuvimos que enfrentarnos como mejor pudimos.

Personalmente valoro la eutanasia como una ventaja competitiva de la que los animales gozan frente a los humanos. Frente a la enfermedad de más de un ser querido, cuando ya no había ningún tipo de esperanza, hubiese deseado poder acortarles el sufrimiento y la espera como ya hiciera con alguno de mis perros.

No os llevéis las manos a la cabeza, puesto esta idea no parte de la enajenación, sino del amor y la amistad más incondicional. Considero más egoísta, alargar el sufrimiento de un ser querido (animal o humano es lo de menos) únicamente por la necesidad de mantenerlo a mi lado. Me parece más intervencionista, la artificialidad con la que conservamos en ocasiones la vida, que el apoyo para garantizar una muerte digna. Pero consideraciones morales aparte, creo que a veces nos aferramos a su presencia sin pensar en su bienestar, lo custodiamos queriendo conservarlo pero sin ser conscientes de que en realidad lo justo sería dejarlo ir. Da tanto miedo su ausencia que necesitamos retenerlo junto a nosotros. Y es normal...

En el caso de las personas habría que contemplar tantos aspectos, que más allá de la ética, entiendo la dificultad de poder llevarla a cabo. En el caso de los animales, donde no es posible que se entremezclen intereses económicos de por medio, no puedo más que recomendar la valentía, para enfrentarse a esta decisión tan indeseable como necesaria.

Esta posición, me ha granjeado más de una amarga discusión incluso en el seno de mi propia familia, pero aunque entiendo las razones que llevan al dueño a no querer despedirse del animal, no puedo compartirlas. Por egoísmo nos aferramos a mantenerlo entre nosotros sin pararnos a pensar cuál es la calidad de vida que le espera. Por generosidad acortamos su sufrimiento, acompañándolo en el duro trance que nos separará.

No he querido menos a mis perros por dejar que se fueran cuando tenían que irse. Es más no he dejado de quererlos, incluso hoy, años después de que se hayan ido.

Un abrazo fuerte para quiénes hayáis pasado o estéis pasando por este despiadado momento.