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9 de marzo de 2015

EL DÍA EN QUE POR FIN, ME TROPECÉ CON ESPINETE



Hace unos meses saltó a la prensa regional una actuación cuanto menos inconsciente del ayuntamiento de Gijón, que limpiando un solar cometió una masacre a escala entre erizos y gatos residentes. Creo que voy a dejar para otra ocasión mis comentarios acerca de esta actuación del consistorio, aunque bien merecería detenernos un ratito a analizar por qué la concejalía en la que se registran las colonias felinas es precisamente la misma que da orden de realizar esa “limpieza”… Ejem…

Voy a relegar tan controvertido tema, aunque podríamos hablar largo y tendido, para intentar centrarme en unos de los protagonistas involuntarios de esta historia, los erizos.

La verdad es que pese a que soy una de esas taradas, bien o mal denominadas “loca de los gatos”, he de reconocer que en mi fuero interno lo que más me entristeció de la noticia, fue la muerte de parte de la familia de erizos. Lo cierto es que siento entre debilidad y fascinación por esas pequeñas bolas de púas. Me recuerdan a unos evolucionados triceratops y aunque imagino que científicamente no tendrán nada que ver, no puedo evitar configurar una relación intrínseca entre la coraza del extinto mastodonte y la armadura de pinchos de los actuales erizos. Creo que es esta extraña relación de ideas la que me hace sin querer evocar cierto misticismo en esos pequeños mamíferos. Sé que no es así, que son bastante comunes, y que aunque yo atesore su visión como si hubiera visualizado un unicornio, la mayor parte de la gente está cansada de verlos. No es extraño tenerlos como vecinos y verlos tranquilamente cruzando los jardines de chalets y adosados en entornos urbanos. El solar de Gijón es la prueba irrefutable de esta cercanía, pero la verdad es que yo no tuve la suerte de tropezármelos más que una vez y no fue sino este pasado verano. 

Inciso: Me refiero a “en vivo y en directo” claro, estoy cansada de verlos a diario, pero despachurrados en la autopista. 

Sin embargo este año me los tropecé sin pretenderlo en la huerta de mi padre. La verdad es que el mérito no fue mío, sino de la perra, a la cual yo divisaba a lo lejos primero escarbar y luego intentar darle con la pata a algo que a su vez le hacía retroceder. Lo primero que pensé es que la muy insensata capaz sería de haber sacado una víbora de su agujero, pero para nuestra sorpresa, lo que intentaba cazar la infeliz era un adormilado erizo, que perezoso se hacía bola ante la impertinencia de mi perra. Salté como un resorte a por la cámara (juro que he sido esclava de las fotos mucho antes de que se impusiera la necesidad de dejar testimonio gráfico constantemente a cada minuto de nuestros días) mientras Javi gritaba asombrado -hay otro, hay otro! y yo corría como buena urbanita a dejar constancia de mi encuentro con la fauna salvaje. 



Me encantó verlos caminar pausadamente con su cuerpo rechoncho cubierto de esas fosilizadas cerdas. Uno de ellos desapareció en el cobertizo de herramientas antes de darme tiempo si quiera a disparar, pero el segundo más holgazán, incapaz de despertar de su interrumpida siesta, no tuvo más remedio que hacer de modelo improvisado. Curiosamente no se cerró sobre sí mismo y olfateaba con su hociquillo respingón el trozo de empanada que aún colgaba de mi mano, así que no resistí la tentación de hacerle llegar un pedazo de la masa. Os puedo confirmar que los erizos comen empanada del Alimerka, por si hubiese algún científico realizando un ensayo clínico en busca de un dato tan relevante como éste

También tengo que reconocer que no fui capaz de rehusar a tocar sus púas, que me sorprendieron por no ser tan punzantes como esperaba, sino más bien duras y elásticas. Y sí, si alguien lo está pensando, soy de esa clase de idiotas que toca con su mano la plancha para comprobar que está caliente y alcanza sus dedos hacia el cactus más cercano para cerciorarse de que pincha… 

Un par de fotos y unas migas de empanada después, el erizo se deslizó suavemente bajo la puerta de la misma caseta tras la que había desaparecido su compañero. Pese a que lo he intentado varias veces no he vuelto a verlos. Mi padre estuvo unos meses dejándoles algunas golosinas cerca del lugar donde los habíamos visto (pienso de gato principalmente, que leímos en internet, parece ser que les encanta) pero no volvieron a asomar el focico.
Pasada la euforia inicial, acabamos asumiendo que si en más de 30 años era la primera vez que habíamos tenido un encuentro, tranquilamente podrían pasar otros cuantos decenios sin que volviéramos a coincidir. La visión poco romántica de mi madre, haciéndonos saber que probablemente serían las ratas las que agradeciesen nuestra invitación a cenar, acabó de convencernos de que era mejor que nos olvidásemos de su presencia, así que también hemos dejado de dejar algún tipo de alimento. 

En el fondo, no puedo evitar mirar a ese rincón cuando entro en la huerta, y solo temo encontrarme algún día de camino con un pequeño cadáver que no tuvo tiempo de cruzar la carretera. Creo que lloraría como si algo me hubiese desquebrajado por dentro.

Sí, lo sé, no es una gran historia, pero me encantan los erizos.  Entendedme, pertenezco a esa generación que pasó su infancia merendando con Espinete






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