26 de octubre de 2015

¡CAMPANA Y SE ACABÓ!

La mayor parte de vosotros ya conoceréis esos inventos a la par milagrosos que del demonio, denominados collares isabelinos. Yo había tenido la suerte hasta el momento de saber de ellos solo de oídas o más bien de vista. Cuando veía por la calle a sus víctimas caninas tropezándose con toda esquina, coche, bordillo, escalón o pierna que se les cruce en el camino. Siempre como espectador, así de lejos, pero esta pasada semana me tocó vivirlo en vivo y en directo, 24 horas al día, y por eso, voy a dedicarle al tema esta entrada.


Contextualicemos, la pasada semana castramos a Lola, la perra que aparece en las fotos de este artículo. Lola, es una perra mestiza, cruce de ppp y algo parecido a un sabueso que dio lugar a una perra bruta, fuerte, curiosa, inquieta y ante todo alocadamente cariñosa. Lola, es un manojo de nervios de grandes orejas y enormes ojos que pega la trufa al suelo para seguir cualquier rastro, aunque remoto, que haya quedado prendido a la hierba o al cemento. El collar isabelino para los animales como Lola es un tormento. Colocarle la “campana” fue sencillo, porque se encontraba aún bajo los efectos de la anestesia, pero a las pocas horas ya nos dimos cuenta de que la fragilidad del artefacto en cuestión no estaba pensado para los animales de su temple. Ese mismo día, lo destrozó tras tropezarse un par de veces contra las paredes al no ser capaz de medir sus nuevas dimensiones. Y ese es, para mi gusto, el primer fallo del aparato. No es flexible y se resquebraja con facilidad, por lo que si os veis obligados a ponerle a vuestro perro esta campana del demonio, aquí os dejo un “briconsejo”: envolved con cinta de embalar el borde, para que amortigüe los golpes y no se raje. De lo contrario, como nos ocurrió a nosotros, podéis encontraros con un isabelino roto de parte a parte en menos de lo que canta un gallo.


En cuanto le pones el collar al perro te das cuenta de que el que lo diseñó no vivía en un piso español al uso. Quiero decir, ponerle una campana a un perro del tamaño de Lola y pretender que no te embista cuando te sigue por un pasillo de medio metro de ancho es ciencia ficción.


Y he de reconocer, que por suerte, Lola no se sintió asustada con la campana, tropezaba sin cesar contra todo y todos los que se cruzaba en su camino, pero como es una perra terca, los obstáculos no frenaron su marcha y cuando se quedaba encallada en algún lugar, bregaba por liberarse para continuar. He leído que sin embargo muchos animales se ven amedrentados por el artefacto que les impide la visión periférica y se niegan a caminar. En estos casos recomiendan que el dueño los invite a moverse mediante premios y recompensas en pequeños trayectos hasta que el perro, o el gato, se vuelva a sentir confiado y reanude su vida con normalidad.


Hay dos inconvenientes que para nuestra desgracia sí vivimos en propias carnes: 1. La dificultad del perro para olfatear el suelo, y por consiguiente para encontrar el lugar adecuado en la calle para hacer sus necesidades y 2. Tener que administrarle al animal directamente el agua y la comida.

En lo que a la calle se refiere, no puedo recomendaros más que paciencia. El perro tropieza con la campana en el suelo, y se niega a bajar la cabeza para olisquear, lo que conlleva que los paseos se alarguen hasta que el animal se ve obligado por sus propias necesidades. Es importante contar con estos tiempos extra, tras el postoperatorio hasta que el animal se acostumbre a su nueva “movilidad”.


Respecto a la comida y el agua, recomiendan situar los cuencos en lugares algo más elevados para facilitar su acceso a nuestra mascota, pero en nuestro caso, pese a colocarlos sobre un caldero volteado (casualmente la altura de la perra), teníamos que ayudarla a comer y beber. La comida, no suele ser problemática, puesto que el animal come una vez al día, pero el agua sí resultaba un inconveniente serio, ya que no podía acceder a su gusto sino que teníamos que acercársela cada cierto tiempo para evitar que derramase el contenido de la escudilla y sobre todo para mantener sus niveles de hidratación.

Buceando en internet, encontré algún modelo de isabelino, que parecía más cómodo para todos los involucrados. Es una especie de almohadilla hinchable, que pese a que sigue evitando que el animal tenga acceso a rascarse donde no debe, al no rodear la cabeza, permite ahorrar muchos de sus inconvenientes. Lo busqué sin éxito en veterinarios y tiendas de accesorios de mi entorno. El motivo de su limitado acceso es que triplica el precio de un isabelino normal, aunque os confieso que hubiese pagado la diferencia encantada.


Y vosotros, ¿cuál es vuestra experiencia con este collar?