16 de noviembre de 2015

SIEMPRE HAY UNA PRIMERA VEZ PARA TODO…

La semana pasada, sentada en una terraza con Nanda, me acordé de la primera vez que en mi vida se cruzó una perra abandonada. Se llamaba Luna, y voy a aprovechar esta entrada para repasar su recuerdo.

Me acordé de “La Luna”, así con “la”, porque en mi casa hemos sido siempre mucho de ponerle artículo determinado a los animales, porque mientras yo intentaba tomarme tranquilamente un café, mi perra trataba infructuosamente de comerse un cacahuete que nos habían puesto de pincho. Tras varios intentos luchando a brazo partido contra el maní, Nanda decidió que aquello no podía ser comestible… Y así de repente, sin pretenderlo ni buscarlo mi cerebro visualizó de nuevo aquella otra perra, La Luna, que tras ser abandonada pasaba tanta hambre que se comía hasta las gominolas, que yo, apenas una niña, compraba para ella. 

A La Luna, la abandonaron sus dueños, junto con una gata siamesa llamada Carolina. La dejaron atada a la caseta, con la comida pudriéndose en el alfeizar de la ventana frente al animal, sin que éste por supuesto pudiera alcanzarlo. Sus propietarios, se cambiaban de casa, y durante el tiempo que duró la mudanza, iban y venían, sin que los vecinos acertasen a adivinar que los animales no se habían quedado allí temporalmente. Tuvo que pasar más tiempo, hasta que se dieron cuenta, que aquello que habían dejado atrás, no iban a volver a recogerlo. Y allí permanecieron las dos, la gata y la perra, durmiendo la una junto a la otra, en una caseta de madera y latón. La gata más lista y adaptada a los tiempos modernos, merodeaba entre las casas vecinas llevándose alguna que otra recompensa en forma de alimento. La perra, atada como estaba con la cadena, estaba condenada a morirse en el mismo lugar en que la habían dejado. Como a veces, la fatalidad se ceba con los más inocentes, quiso el azar que su abandono coincidiese con un celo, y así, se quedó preñada de algún perro que pasaba por allí. 

Yo tenía diez años, y de vez en cuando oía comentar que habían dejado a la perra, pero no entendía muy bien en qué consistía aquella dejadez. Recuerdo darle gominolas y pipas, pasar por allí, tocarla, pasar un rato con ella. La recuerdo sucia, mojada y embarrada. Cada vez más flaca y al mismo tiempo más gorda. Con aquella barriga inminente, que le salía por los flancos. Un día, los vecinos decidieron que no podía ser. Que ya estaba bien de ser cómplices. Y la gata encontró de nuevo cobijo, y la perra se hizo con un nuevo dueño. Se recobró, tuvo cachorros, los dieron, recuperó su peso y el cariño, pero nunca desperdició, como hace mi perra, ni un solo bocado. Recogía cualquier cosa que le diesen, y se dedicó a llenar de hoyos el terreno que circundaba sus propiedades. No olvidó el hambre, y de vez en cuando, había que atarla en corto, porque se aficionó a robar huevos. 

No dejó de creer en los hombres, y una de las cosas en las que más vívido tengo su recuerdo, es en su reencuentro con sus propios abandonadores. Años después, estando la perra ya totalmente rehabilitada, con su nuevo dueño y su nueva casa, asomaron la nariz sus antiguos amos, y la perra reconociéndolos al instante se dedicó a hacerles fiestas brincando a su alrededor. Ellos pasaron, supongo semiavergonzados, sin prestarle atención apenas, dirigiéndose directamente hacia su antigua casa. Se me quedó grabada entonces la capacidad de amar de estos animales, creo que entendí por qué se definen por su lealtad y su nobleza. No es que los perdonase, es que jamás los culpó.


La Luna, murió tranquilamente, años más tarde, mucho después de haber dejado atrás su calvario y de haber llevado una vida plácida y plena. Y aunque atesoro varios recuerdos suyos y de sus cachorros, ésta es la única foto suya que conservo.