21 de marzo de 2016

ABUELIDADES, PATOS Y GALLINAS

Hace tiempo que tengo pendiente escribir estas dos entradas, y lo retraso porque algo me duele al hacerlo en las entrañas. Comencé este proyecto, el de homenajear a mis abuelos, pensando en mi abuela Bella, la única que me queda, pero no me es fácil acometer la tarea. Tengo miedo al cerrar el capítulo encerrarla también a ella en esta especie de despedida… Solo por ese motivo, voy a empezar con mi otra abuela, mi abuela Pili.

Mi abuela Pili era una de esas mujeres que usaban alias. Festejaba incluso el 12 de octubre como si realmente Pilar fuese su nombre, cuando su partida de bautismo y su documentación siempre reflejaron otro distinto: Angelina. Como Pili, la conocía igualmente todo el pueblo, solo su familia y el del banco conocíamos su nombre verdadero. Cómo llegó a convertirse en Pilar, no tiene tanta enjundia como pudiera parecer: fue fruto de la casualidad y los apodos cariñosos de su padre, la costumbre y la familiaridad hicieron el resto.



Tengo totalmente asociados a mi abuela, a mis abuelos maternos más bien, los veranos de mi infancia. Y como todos los que nos vamos haciendo viejos, tengo también idealizada la niñez recreándola casi como esas fotos antiguas de color ocre. 

El pueblo, el verano, estampas de mar, buen tiempo, prados verdes y libertad se agolpan en mi mente junto al nombre de mi abuela. La cocina: revoloteábamos juntos los primos alrededor de la pequeña mesa y saboreo aún las croquetas, las mejores del mundo las de mi abuela por supuesto (otro gran tópico), y el arroz con leche que jamás volveré a probar. No tanto porque ella no esté ya con nosotros sino porque mis papilas gustativas no serán capaces nunca más de igualar el recuerdo al que tengo asociado ese sabor.

Como éste es un blog de animales y no quiero caer aún más en el sentimentalismo, voy a centrar mi recuerdo en el aprendizaje que de mis abuelos tuve de los animales de granja. Cuando éramos pequeños, mi abuelo tenía en una pequeña huerta gallinas y conejos. Solo esa situación, me sirvió de excusa durante años para hacerme con uno de aquellos patos y pollitos que se vendían en la plaza. Los jueves, es el día de mercado en el pueblo de mi infancia. Y como en todas las “plazas”, siempre hubo un puesto con animales donde en jaulas se amontonaban las gallinas, las pitas, los kikos y los conejos. Había también una mesa, más bien un tablón sostenido en un par de caballetes, repleto de peces, tortugas y pequeñas aves de adorno como canarios, jilgueros o periquitos. Solía tener también, al menos en verano, cajas grandes de cartón llenas de pollitos o patinos que se metían unos por otros y ante las que los guajes nos arremolinábamos extasiados. 

Iba siempre los jueves a la plaza con mi abuela. Salíamos por la mañana y era divertido mezclarse en el bullicio. Ella capazo en mano a regatear con las verduleras, yo a revolotear entre ropa, casetes de copla y chistes malos, baratijas y botijos. Irremediablemente acabábamos deteniéndonos en el puesto de los bichos. No creo que haya niño que hubiera pasado entonces por aquellos mercados que no se hubiera parado ante los pollitos y los patinos. 

Entonces como buena niña mimada y nieta única, todos los años me hacía con un pollito, a base, me supongo, de poner pucheros y hacer promesas vanas de buen comportamiento que debían de durar lo que tardábamos en entrar por la puerta de casa...


La primera experiencia que tuve con este tipo de crianza no fue sin embargo positiva del todo. Aquella vez primera. compramos un patín. Una de esas bolas de plumón amarillas y adorables, como las que llenan las portadas de los calendarios. Lo teníamos en una caja de cartón en el baño, y lo metíamos al principio a chapotear en el bidé y según fue creciendo lo mudamos a la bañera. Tenía yo entonces un vestido con grandes bolsillos en el que metía al pato para bajar a la calle y como todos los de su especie, el pato me seguía donde fuera como siguen a sus madres. Me hizo muy feliz todo el verano, y eso que no sé como no lo matamos alimentándolo con pan y leche. Cuando llegó septiembre y me tocó tras dos meses regresar a la ciudad, el pato también abandonó la casa para vivir en el gallinero y en la huerta. Pero aquel animal, se había acostumbrado demasiado a las personas, y se dejó morir. Así de simple y de triste. Se negó a comer. Murió de tristeza. 

Aunque no sentí entonces la responsabilidad de su muerte, si lamenté la pérdida de aquel compañero plumífero que compartió conmigo un verano entero. Los siguientes años, deteniéndonos siempre en el mismo puesto, volví a llenar la casa de pollos, pero mis abuelos habían aprendido la lección por mí, solo unas semanas, hasta que el animal estuviese fuerte, y pudiese incorporarse sin peligro a la vida en el corral. Tuve varias gallinas, hermosas que duraron muchos años, poco ponedoras eso sí. Tuve otro pato, que no llegó a crear el vínculo emocional conmigo, pero campó a sus anchas por una huerta de la que le encantaba robar las fresas. Y año tras año, íbamos repoblando un corral que mis abuelos mantenían, más por darnos el gusto, que por su utilidad real. Gallinas vagas y patos ladrones pasaron su vida en el huerto de mi abuelo y la “infancia” en el baño de mi abuela, construyendo mi niñez entre plumas y veranos. 

Ay Pila, Pila, lo que tuviste que pelear con nosotros todos los años. Sin embargo, gracias a ti, a tus esfuerzos, cabreos y apurones, hoy tenemos como referencia vital esa infancia idílica (idealizada más bien) entre dulces, verbenas, aire libre y animales. No eras rica, no tuvimos una herencia multimillonaria pero nunca podremos agradecerte lo suficiente el patrimonio emocional que nos dejaste.

Mi abuela, era langreana. Había nacido en la calle la Nalona y pasó su infancia y juventud en Sama, donde hace exactamente 74 años se hicieron estas fotos.