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28 de marzo de 2016

BELLA

Mi abuela se llama Bella, Bellamar para ser más exactos, aunque toda su vida ha quedado vinculada al diminutivo: Bella. Tuvo la suerte de ser hermosa, por lo que siempre le fue como anillo al dedo. Su nombre, es ahora una de las pocas cosas que recuerda de sí misma. Se encuentra perdida en las brumas de su propia memoria. El desgaste de los recuerdos es una de las consecuencias de haber pasado ya las 92 primaveras… 

Pero yo recuerdo su vida por ella, la que compartimos y la que redescubrí a lo largo de sus anécdotas. Mi abuela ha sido atípica como tal. Nunca permaneció anclada a una época concreta y mantuvo hasta bien entrada la ancianidad una vida actualizada en función de los distintos tiempos que le tocó vivir. Pizpireta y presumida, continuamente a la moda, derrochando generosidad y simpatía. Así recuerdo a mi abuela de pequeña. Ropa nueva, acicalada, peinado rubio como de peluquería y los sempiternos tacones que se negó a desterrar incluso pese a la recomendación médica. 


Ahí iba taconeando mi abuela por el asfalto gijonés con la perra mestiza, mitad pequinesa a su vera. Presumida y rubia como ella. Me di cuenta entonces, por primera vez que realmente amos y perros tienden a parecerse. Mi abuela tenía una perra cuando yo era pequeña, la Nuca. Y solo por eso, sin necesidad de más méritos, se convertía en mi abuela preferida. Me gustaba pasar los días en Gijón por aquella mestiza rubita que accedía a mis juegos con resignación. La Nuca y yo, éramos coetáneas, ella había nacido en febrero, yo en agosto, y nos criamos juntas. Me toleró todo lo tolerable con esa paciencia infinita que destilan a veces los perros hacia los humanos. La torturé sin quererlo. La metía en el carricoche de muñecas. La sentaba en la mecedora para tomar un té imaginario, y se convertía en sustituta de mis primos cuando ellos no estaban presentes. 


NUCA

Si pienso en las vacaciones que pasaba en Gijón con mi abuela, recuerdo la playa, El café Dindurra, otro café cerca de la avenida de la costa, no recuerdo el nombre, en el que mi abuela tomaba café con sus hermanas, mientras yo disfrutaba de un batido de leche que en el recuerdo se me antoja enorme. Recuerdo entrar a comprar alguna vez en Coalla, la pescadería Cholo en Garcilaso de la Vega, y los largos paseos con la perra, avenida de la costa hacia delante, hasta la plaza de toros o el Parque de Isabel La Católica. Tengo el recuerdo de los libros y tebeos que me compraba, especialmente el de Tod y Toby, la película de Disney que cuenta la extraña amistad entre el zorro y el perro. Pero también otros más antiguos, comics de mis tíos, los Don Gato y los Picapiedra o el Marsupilami, con su olor a papel viejo, a humedad y a ácaros, pero con las historias intactas. 

CON BREY

La habitación, el salón, la cocina, el trastero del que se volcaban innumerables trapos y bolsos viejos. Abalorios, collares y ajados broches con los que disfrazarme. El sonido inevitable de las rancheras y la luz al atardecer cayendo sobre el balcón de la salita. Los cachivaches de la cocina, el pasapuré, las potas, los platos, los juegos de café, las figuras de adorno, el sonido metálico de la batería de cocina… La programación, terrible, de la tele, Jose Luis Moreno y Rockefeller, Joaquín Prat en El precio Justo. Las partidas de cartas… Con mi abuela aprendí solitarios, a jugar al cinquillo, al chinchón, a la escoba… 

Pero sobre todos los recuerdos prevalece el de aquella perrina que la acompañó 15 años. La Nuca, dormitaba en las camas y en el sofá, paseaba suelta por la calle, y comía como una pequeña gourmet solo exquisitos bocados, pechuga de pollo, bocartes… Era mimosa y paciente y tenía una afección crónica en los ojos, que mi abuela le lavaba con manzanilla para evitar que le llorasen. 

La Nuca me quería pero no se veía capaz de soportar las maratonianas sesiones de juego que yo pretendía imponerle, por lo que a la que me descuidaba se deslizaba a algunos de sus escondites predilectos. Uno era la cama que tenía bajo la mesa camilla, pero ese lo descubrí pronto, levantaba los faldones verdes con flores blancas y allí estaba la infeliz intentando echarse una siesta. El otro nunca lo supe, me lo confesaron años más tarde, mi abuela y mi madre, era el fondo de un armario empotrado lleno de maletas. No me lo dijeron por salvaguardar el descanso de aquella pobre y paciente perra. 

CON BREY

Tenía yo no obstante un truco para sacarla de su escondrijo aún sin conocerlo: coger los zapatos de mi abuela y fingir el taconeo en la entrada de la casa. Ante el sonido de los zapatos la perra salía rauda y veloz pidiendo ir ella también a la calle, pero en lugar de a mi abuela preparándose, se topaba de bruces conmigo y retornaba al juego, contra su voluntad, hasta mi siguiente descuido. 

No me dejaban acosarla, me corregían e intentaban distraerme con otra actividad. No es una muñeca me decían, pero irremediablemente volvía a incluirla en mis juegos y la perra con docilidad, se dejaba llevar y dormitaba en el asiento en el que yo la depositaba, mirando resignada como yo me disfrazaba o le hablaba. La recuerdo, echada en la mecedora, sobre un cojín blanco, dormitando, escuchando mis fantasías y aguantando el tipo, repasando mentalmente lo extraños que éramos los cachorros humanos…

NUCA

Atesoro por supuesto, más recuerdos de mi abuela, que los aquí expuestos. Historias de una época que no conocí, pero que aprendía a añorar por sus memorias. Historias de La Arena, de tíos, hermanos y otros familiares desconocidos. Vecinos y amigos, que siempre eran o muy guapos o muy buenos. Tardes de guerra, cuentos del exilio en francés y en español. Las romerías, los bailes y sobre todo las canciones de un tiempo que quedó atrás, como los cines, vinculados a unas décadas que ya no volverán. 

Su vida, contada a retazos, su infancia, su juventud, su matrimonio, todos los recuerdos de una existencia, resumidos en un álbum de fotos. La echaré de menos cuando se vaya. Ya he empezado a sentir nostalgia de sus recuerdos. 

Tanto mi abuela, como mi padre, sienten esa devoción por los animales que yo he heredado, si es que esas cosas se heredan, por lo que estoy segura de que si pudiese leer esto, ella que fue tan ávida lectora, le gustaría la vinculación de su historia a uno de los perros de su vida. Eso sí también tengo claro, que me reñiría por no haberla dejado escoger la foto, en la que se encontrase más favorecida :)