17 de octubre de 2016

LA PRIMERA PIEDRA…

Hoy vengo a confesar, que a veces tiene razón el refranero y que es importante no decir aquello de “de esta agua no beberé…” porque puedes encontrarte zambullido en esa misma corriente. Siempre había pensado mal de algunos anuncios de dueños que por problemas familiares precisan reubicar a sus mascotas, y sin ninguna generosidad había pensado en su egoísmo, siempre me había considerado libre de ese pecado, y por desgracia había estado dispuesta a lanzar la primera piedra… Siempre hasta que me tropecé con esa primera piedra que yo misma había estado dispuesta a lanzar… Y me explico. Hace unos días, falleció para mi desgracia un familiar muy querido y apreciado, como suelen decir eufemísticamente la prensa, “tras una larga enfermedad…” pues bien, ese bienamado pariente, sin familia directa, tenía su propia familia en forma de una alocada y enorme perra, mezcla para más señas de PPP (perro potencialmente pegajoso, que diría Puri) .Y vaya por delante que adoro a la perra igual que he adorado a su dueño, pero su imposibilidad de convivir con animales de otras especies (léase entre líneas gatos y pájaros, por poner un ejemplo de dos de las tres especies de animal que pueblan actualmente mi casa), me rompió el alma y la cabeza durante los últimos meses. Porque, y hete aquí, el dilema, ¿cómo iba yo a deshacerme del aquel animal al que tanto habían querido?, ¿Qué tipo de persona sería? Yo, que me dedico en mis ratos libres a socializar animales sin dueño, ¿iba a dejar en la cuneta a la que había sido tan fiel compañera? Por otro lado, el estrés de vivir en una casa con puertas permanentemente cerradas, las cuales había que abrir con cuidado y logística, para que ninguno de sus moradores sufriera grandes daños, estaba convirtiendo nuestras vidas y las suyas en una permanente tensión y tortura, una especie de remake de “los Otros”, la gran película de Amenábar… Os expongo la situación en plata: Teníamos por un lado a una perra, incapaz de controlar sus instintos de caza para con los gatos, y por otra a una gata, la mía, que además de ciega no huye de los perros por estar acostumbrada a convivir con una. La combinación estuvo a veces cercana a ser fatal, por lo que la solución pasaba porque cada cual viviese recluido en sus propios aposentos. Esta salida, no gustaba a ninguna de las partes implicadas, las cuales están acostumbradas a campar a sus anchas y siempre en la compañía de humanos, por lo que al estrés mental de abre puerta-cierra puerta, se unían las consiguientes serenatas… Teniendo en cuenta la edad de las partes afectadas, esta situación podría alargarse bastantes años, y yo, a medio camino entre la depresión y la desesperanza, me preguntaba si era más vida esto, que buscarles el hogar que se merecían. Pero, y aquí venía, la segunda parte de la cuestión, ¿a cuál de ellas, dejas en la estacada?, ¿a tu gata, felina compañera a la que le has jurado fidelidad cuando la sacaste del albergue?, o ¿a la perra que tanto cariño le dio a tu pariente cuando tanto lo necesitaba?  ¿Dejas tirada a la segunda, como una colilla y a la primera de cambio cuando su dueño fallece? O ¿le buscas reubicación a tu querida gata, apenas dos años más tarde de haberle prometido que estaríais juntas hasta la muerte? … La tercera opción, seguir viviendo enclaustrados cada uno en su porción correspondiente de apartamento, aunque la más idónea por moralidad, lejos de ir poco a poco formando parte de la rutina, a base de sobresaltos forjados en los últimos meses, estaba afectando a mi estabilidad mental y emocional… Estoy segura de que hay/habría otras soluciones intermedias las cuáles dado mi estado anímico de ofuscación no fui capaz de contemplar, y ahí me quedé en ese bucle infinito, de remordimientos y sufrimiento mental, acordándome de todos aquellos quiénes en algún momento, por complicaciones vitales habían tenido que buscarle responsablemente un nuevo dueño a su compañero animal… No volveré a criticarlo, lo prometo, no seré yo, quien sin conocimiento de causa, se atreva a pronunciar un enjuiciamiento rápido a la situación sin conocer la casuística que puede haber detrás. No seré yo, en definitiva, quien tire la primera piedra…


Antes de que nadie se pregunte, cuál fue la solución salomónica que determinamos para con “la perra heredada” os diré, que cual “hado madrino”, en el último momento y tras el trágico desenlace, apareció como de la nada, otro pariente del fallecido, igual de cercano o lejano que yo, que se ofreció sin preguntarle a acoger al animal, de forma definitiva, por el amor incondicional que ambos, le habían tenido a su dueño. Un final feliz, tras meses de doble angustia. Bien está lo que bien acaba y, gracias a dios, sin pedradas de por medio.