28 de noviembre de 2016

TENEMOS DERECHO A LLORAR O LO QUE ES LO MISMO, DÉJAME LLORAR EN PAZ (COJONES)

Tenemos derecho a llorar si en algún momento nuestro querido compañero animal enferma o muere. No tenemos por qué sentirnos culpables por sentir dolor por su pérdida o su enfermedad. No tenemos por qué escondernos delante de otros.

Y en este contexto yo me pregunto qué tipo de sociedad hemos creado, que te permite reconocer abiertamente que te ha emocionado una película, o incluso el anuncio de la lotería de navidad, pero no que te duela la enfermedad de tu perro. Qué tipo de mundo es éste, que ha normalizado que uno empatice hasta la lágrima con su equipo de fútbol pero que hace que otro tenga que esconderse como un delincuente por su tristeza ante el fallecimiento de su gato. Pregunto ¿eh? Sin acritud (o casi)…



Y me lo cuestiono porque cada cierto tiempo, a mi alrededor surge el tema. Alguien se arma de valor y te revela como en una confesión su duelo por su animal de compañía como si estuviese declarando el más oscuro de los pecados. Te lo detalla justificándose, intentando explicar que aunque le gustaría no estar deprimido no puede evitarlo y  te expresa su temor a que esa afección sea detectada en su día a día por los demás…  Lo reconoce ante ti porque te identifica como uno de los suyos, pero frente a ese nosotros siempre hay un ellos, los demás, los otros.

Y ahí estás tú, conspirando en las sombras, traficando con el dolor de la pérdida de un amigo, sin pararte a pensar en lo absurdo que es, tener que esconderse por un crimen tan horrendo como el de sentirse mal.

En la banda contraria, en ese demás, se incluyen todo el conjunto de relaciones sociales en las que el ciudadano medio se mueve: compañeros de trabajo o estudios, familiares e incluso amistades, que no acaban de comprender como puede uno verse destrozado por un simple perro… Aquí, perdonadme que insista, yo vuelvo a lo mismo, porque lo gracioso del caso es que probablemente ese mismo compañero que te mira incrédulo, sea el mismo que te haya recomendado la visualización de un lacrimógeno anuncio de cierto sorteo navideño con la advertencia de “míralo en casa que igual lloras”. O quizás ese familiar tuyo que te cuestiona, ése, el de indudable entereza y masculinidad, sea casualmente el mismo que regresa a casa destrozado un domingo por la tarde, porque unos tipos a los que no conoce de nada pero siente como suyos, hayan tenido una mala tarde practicando determinado deporte… En esos demás, ese jurado acusador, también va incluido ese mismo amigo, exactamente el mismo, que te confesó hace tiempo haber llorado amargamente visualizando una película, acaso incluso de Disney.

Curiosamente es ante este mismísimo plantel de inquebrantables personalidades ante quienes tienes tú que justificar o que ocultar, que no te encuentras con el ánimo suficiente porque uno de tus mejores amigos, ese que era de otra especie, está mal o incluso ya no está con nosotros… Y son esos, otra vez los mismos, el del anuncio de la lotería, el del partido del Sporting y la que lloró amargamente con Up de Pixar, los que te miran extrañados, como si acabaras de aterrizar recién llegado de Marte y sin pretenderlo te enjuician y te hacen sentir sentenciado… Olé sus “güevos toreros”…

En fin incongruencias vitales aparte, yo me rebelo contra esto. Me niego a que continúe siendo así ¿por qué carajo tenemos que esconderlo? Me siento mal cuando mi perro enferma, no te quiero contar ya si mi perra o mi gata mueren. ¿Se supone que tengo que ocultarme, que justificarme y que hacer un cónclave secreto con los de mi calaña para que los ciudadanos normales no se percaten de mi dolor y no verme juzgada? Pues no señor, yo me amotino contra este condicionante social.

Escúchenme bien ciudadanos normales de a pie: Yo, la loca del coño de siempre, manifiesto, declaro, confieso, utilicen el verbo que más les guste, que me duelen mi perra y mi gata como la parte de mi vida que son. Y sepan desde ya, que el día que irremediablemente las pierda lloraré amargamente su partida y no voy a evitar ese sentimiento de duelo. Me dolerán porque son parte de mi bienestar emocional, de mi día a día, son un pequeño todo dentro de mi existencia.

Y digo más, a los que menospreciáis mi dolor, el nuestro, como el que desprecia un problema inmaduro o infantil, os digo: que llore por mi perra, no quiere decir que no llore por mi hermano, mi marido, mi hijo, mi amigo o mi padre. Tampoco que en mi vida no haya problemas más graves que ese, porque por desgracia como en todas las casas, en mi familia también rondan la enfermedad y la muerte, el paro, los problemas económicos y un sinfín de desgracias itinerantes que van saltando de casa en casa para afectarnos a todos en mayor o menor medida.

Querer a un animal, no significa arrebatarle una parcela de amor a otro ser querido, son amores compatibles. Es más, son afectos que suman, no restan. Puedo querer a mi gato, al mismo tiempo que a un perro y a un largo surtido de humanos, una cosa no quita la otra. Tengo efectivamente, como el conjunto de la sociedad, una serie de preocupaciones igual de graves o impredecibles. El problema es que quizás no os hayáis parado a pensar, que para mí ese animal que se aleja, era un terapeuta personal, alguien que me ayudaba a afrontar mis dificultades cotidianas. ¿Sabéis que hay gente (no es mi caso) que tiene un perro o un gato por prescripción médica? ¿Gente a la que le recomiendan tras una pérdida o la detección de una enfermedad hacerse con un animal de compañía? Seguramente no. Así que por favor, la próxima vez que os tropecéis conmigo o con otro como yo, no quedéis en evidencia mezclando churras con merinas.

Por último, habéis de saber que cuando llegue el aciago momento en que tenga que despedirme de mi querida perra, o mi adorada gata, es más que probable que entre sollozo y sollozo, saque fuerzas de flaqueza para morderle un ojo al empático ser, que en un extraño conato de consuelo, se le ocurra insinuar eso de: “pero mujer, si solo era un perro/gato…” Advertido queda.

Y para que conste a los efectos oportunos, firmo la presente en Oviedo a 23 de noviembre de 2016 J

P.D. La imagen la he “tomado prestada” de una web que se llama Imagui: http://www.imagui.com/a/luto-animal-cX8ao9x9d