7 de abril de 2017

YO ENSEÑO, ¿Y TÚ?

Hoy le he sonreído a una paloma por la calle y me he dado cuenta de lo maravillosos que pueden ser los animales con tan solo existir. Hoy, me he parado a pensar que creo que no hay nada más fiel y sincero que un animal. Pero me equivocaba.

Hay algo que valoro casi tanto como a los animales, por su inocencia y todo lo que nos enseñan sin saber casi nada; los niños.

Hoy vengo a hablar de los dos pilares de mi vida, los niños y los perros. Y quiero dirigirme de manera un tanto especial a todas aquellas familias que se debaten entre el “sí” y el “no” entre adoptar un animal por sus hijos.

¡Por favor! Es que sí. No podemos tan siquiera imaginarnos como un cachorro humano y un cachorro canino pueden interactuar, crear un vínculo y lo que más nos importa para nuestros hijos: ser un excelente compañero, una fuente de afecto y sobre todo de aprendizaje.

Hace un tiempo os contaba los beneficios que puede tener un perro como acompañamiento para personas en edad avanzada, pues hoy os vengo a contar lo mismo, pero con personitas de edad atrasada. Los perros, pueden ser una buena influencia en el desarrollo psicológico del niño, en el buen desarrollo de su inteligencia emocional, en otras palabras, los niños aprenden valores como el respeto, el compañerismo y no solo eso, el compromiso con el sufrimiento ajeno, la empatía… Y voy más allá, un niño aporta a un perro el conocido “querer y ser querido”, algo que por desgracia muchos perros desconocen. Todo esto, contribuye a que la autoestima y el bienestar psicológico de ambos aumente, podríamos decir que los dos cachorrillos se otorgan paz.

Por otra parte, los perros también favorecen el desarrollo psicomotor temprano en los niños más pequeños a través del juego, el ejercicio, la persecución, las risas… y en los niños más mayores, estimula el ejercicio, muy importante a esas edades.

Como ya dijo Richert Charles Benchey: “el perro le enseña al niño la fidelidad, la perseverancia… y a dar tres vueltas antes de acostarse”.

Bromas aparte, y antes de despedirme, me gustaría pediros una cosa a todos aquellos que decidáis adoptar una mascota (y recalco adoptar, comprar no, eso caca – en idioma de cachorros humanos): un perro no es un juguete. Sé que se dice mucho, pero no es un capricho, no es como cuando le compras un perro parlanchín a tu hijo y a los dos días se cansa y lo deja en el rincón con los demás. No lo es. Necesita ejercicio, cariño y momentos de paz; ¡Que no todo iba a ser juego! Adoptad, por favor, pero adoptad con cabeza (o mejor con cerebro).

Hoy le he sonreído a una paloma por la calle y me he dado cuenta de lo maravilloso que es vivir rodeado de seres que nos regalan todo sin pedir nada a cambio.

Por cierto, os dejo una foto de mi película favorita de la infancia, que refleja muy bien todo lo que os he contado, a ver si adivináis cuál es...



¡Gracias por vuestra atención!

¡VALORÉMOSLES MÁS, POR FAVOR!
Nos están dando toda su vida.

Lucía Muñiz