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15 de enero de 2018

NO ES NUESTRA RESPONSABILIDAD. A VECES SE PUEDE Y OTRAS NO

Una reflexión sobre el exceso de culpa

Sumergida completamente como estoy en el incierto proceso de encontrarles una casa a Pattie y a Shelma o tener que devolverlas al albergue, me viene completamente al pelo, la experiencia canina que ha tenido una de mis amigas...

Os la cuento:

Mi amiga M. tiene un perro, un precioso teckel de pelo duro llamado Bert y como todos los que tenemos perro, M.  sale a la calle un mínimo de tres veces diarias para que Bert haga sus cosas, se relacione, juegue, esparza y haga todo eso que hacen los perros cada vez que salen a la calle.

Un viernes normal, finalizada la semana laboral y casi el día, M y Bert salieron a la calle y se tropezaron con un chuchillo al que nadie era capaz de identificar. Unos decían que se parecía al que tenía tal vecino, otros que no lo habían visto en la vida, pero la realidad era que allí había un perrillo mestizo con el que nadie sabía qué hacer.

Mi amiga M. que está enamorada de su perro, enseguida pensó, estableciendo un paralelismo con el suyo, que si el perro estaba perdido, el dueño estaría desesperado buscándolo por lo que decidió que se lo llevaría a casa mientras encontraban al propietario.

A la mañana siguiente, M. llamó al albergue municipal y a la policía local, pero nadie había preguntado por un perro con aquellas características. Ambos, le dijeron que podía depositar al animal en las instalaciones del albergue, pero M., seguía pensando que aquel chuchillo podía ser Bert en un universo paralelo y ni jarta grifa hubiese dejado ella que su perro acabase en la perrera, así que decidió acoger al animal hasta que aparecieran sus dueños y dejó sus datos de contacto por si alguien lo reclamaba.

En este contexto, mi amiga M., que tiene un corazón enorme, pero poca experiencia en esto de los acogimientos, había decidido que si finalmente nadie preguntaba por él, ellos debían quedárselo.  Así que ni corta ni perezosa bautizó al recién llegado como Ernie, le compró una cama, una correa y un collar y se dispuso a esperar a que pasasen los 15 días de rigor antes de ser oficialmente la dueña de dos perros.

Y pasaron dos semanas, pero en ese tiempo, aquel mestizo que parecía tan dulce y acobardado, acabó resultando un pequeño dictadorzuelo que a la mínima de cambio enseñaba los dientes, gruñía y marcaba.

A las tres semanas, mi amiga M. estaba destrozada, los niños le tenían miedo al nuevo animal, las peleas entre los dos perros eran cada vez más encarnizadas y cuando intentaban corregir al nuevo inquilino, éste no dudaba en enfrentarse a ellos, así que desesperados acudieron al veterinario.

En la clínica, el profesional que los atendió les confirmó que Ernie tenía un carácter muy fuerte que tenía que ser enderezado para conseguir una óptima convivencia. Les indicaron que no debían reñir a Bert cuando se enfrentaba a Ernie porque lo desautorizaban y que siempre era preferible que el perro que ya estaba educado prevaleciese en el orden jerárquico. Les recomendaron castrarlo y visitar un etólogo y añadieron al listado de recomendaciones que no cerrasen la puerta a intentar buscarle un nuevo hogar si no lograban adaptarse.

Mi amiga M. lloraba, ¿Cómo voy a buscarle una nueva casa al pobre, después de que ya lo hayan abandonado? -balbuceaba.

Pues porque esas cosas pasan Amore, a veces, la buena voluntad no es siempre es suficiente. Podemos encontrar un animal que no hemos buscado y querer hacernos cargo del mismo, pero hay ocasiones en las que las cosas sencillamente no encajan.

Cada familia, cada casa es como un puzle y cuando hay más animales o niños conviviendo, no es sencillo montar esa maqueta. Eso no quiere decir que seamos mala gente ni unos abandonadores, sino al contrario, somos gente responsable pero limitada. Uno da para lo que da, y tan importante es comprometerse como ser consciente de las propias limitaciones para que nuestra colaboración sea realmente efectiva.

Nos costó convencerla de que ella no estaba abandonando al animal si no todo lo contrario, lo estaba ayudando. Ella lo había recogido y trataba de darle un nuevo hogar.

Nosotros no somos los irresponsables por no poder acogerlos, irresponsable es el que teniendo un perro lo deja tirado en medio de la calle a su suerte para desentenderse de lo que él considera un problema.

Nosotros no nos podemos responsabilizar, ni hacer cargo de todos los animales que nos encontremos a nuestro paso, aunque eso no quiere decir necesariamente que miremos para otro lado.

Nosotros podemos ayudar, buscarles casa, educarlos, promocionarlos, podemos cuidarlos pero no podemos ser el hogar de todos ellos.

Y de momento, Ernie, sigue en proceso de adaptación, lo han castrado y sigue las pautas de reeducación que le han facilitado los profesionales. Sea como fuere, encajando en esta u otra casa, mi amiga M. está ayudando a la rehabilitación de Ernie, lo que facilitará que el perro encaje en su nueva familia, que ésta sea la actual o una nueva, solo el tiempo lo dirá, aunque sea como fuere lo importante es que sea un final feliz para todos.