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15 de abril de 2019

SER UNA CASA DE ACOGIDA: LO QUE HE APRENDIDO EN ESTOS DIEZ AÑOS


Capítulo 3: Si no conoces a tu perro no incorpores más animales en tu casa

Pues estamos a finales de 2011, aún llorando por Scrappy e incorporando a Nanda en casa.
Nanda había compartido con nosotros muchos fines de semana y era una perra muy lista y tranquila. Además Scrappy nos tenía muy mal acostumbrados y ni se nos pasó por la cabeza que Nanda pudiera tener sus preferencias a la hora de compartir piso. Pero la realidad es muy tozuda y siempre se impone. Habían pasado tres meses desde el alta de Nanda en nuestras vidas a jornada completa y como nos parecía que ya era tiempo más que suficiente optamos por volver al albergue y que nos asignasen un nuevo ahijado.
Inciso: No sé si alguna vez os lo he dicho pero en esta santa casa les teníamos un poco de inquina a los bóxer y nunca nos habían gustado los perros atigrados… Como muchos otros nos sentíamos intimidados por un aspecto que nos parecía agresivo. Lo de los bóxer se basaba en una cierta animadversión a los perros que sueltan babas y alguna que otra mala experiencia con animales de esa raza. Así que aquel día, como no podía ser de otra manera, nada más llegar al albergue, Fernando salió a entregarnos un enorme cachorro mestizo de bóxer con su precioso pelo atigrado.
Se llamaba Paco y lo primero que hizo fue mearnos. Lo siguiente que recuerdo es a Nanda rechazándolo desquiciada, pero sin hacerle ni puñetero caso, decidimos no sólo apadrinar a Paco, sino llevarnos en acogida tanto a él, como a otra mastodóntica cachorra mezcla de mastín con la que compartía alojamiento. Por si alguien lo duda, el resultado fue dos humanos desquiciados y una perra que todavía a día de hoy no soporta tener un cachorro a menos de diez metros de distancia…

PACO Y KIKA

Así que así de aquella estúpida forma, aprendimos que respetar los límites de los perros es básico para conseguir una buena convivencia. Puestos a sincerarnos, debo confesar que no siempre respeté esa regla, pero soy más que consciente de los errores que cometí y los comportamientos negativos que fomenté o induje en mi propia perra.

ROLAND Y NANDA
 

MUKI Y NANDA

Paco y Kika, pasaron como un huracán por nuestras vidas antes de ser felizmente adoptados. Tras comprobar que Nanda también era parte implicada en el acogimiento y que tenía derecho a manifestar sus preferencias, decidimos no volver a poner a prueba sus límites y apadrinar aquellos animales con los que no entrase en conflicto. Así fueron desfilando por nuestras vidas Oni, Muki, Roland… Todos ellos machos, tranquilos y sumisos, con los que mi querida perra, no se sentía confrontada y podía compartir incluso momentos de esparcimiento. Nos especializamos en un perfil muy concreto, mayoritariamente perros asustados y asustadizos a los que había que hacer recobrar la confianza. Había animales que habiendo nacido antes de las redes sociales habían crecido en un albergue y no sabían que existía todo un mundo más allá de los barrotes de su jaula. Había otros que tras una experiencia traumática que ignorábamos se negaban a volver a relacionarse con el ser humano, por lo que pudiera pasar. La receta era la misma para todos, pasar tiempo en otros entornos, en bares, en casas, en coches. Enfrentarlos a sus miedos y que los superaran para que pudieran hacer vida normal…

NANDA Y ONI

Con todos ellos aprendí, que los perros son animales sociales y gregarios. Cuando no confiaban en mí, lo hacían en Nanda y de esa forma podían adquirir o imitar las conductas que eran deseables en cada momento. Nada más fácil que educar un perro si ya tienes otro que se comporta como quieres.
Por eso, cuando ya le habíamos cogido al tranquillo al apadrinamiento, se nos ocurrió la genial idea de añadir otro nuevo ingrediente animal a nuestras vidas y adoptamos un gato.
La semana que viene, seguimos, gracias por estar ahí





8 de abril de 2019

SER UNA CASA DE ACOGIDA: LO QUE HE APRENDIDO EN ESTOS DIEZ AÑOS


Capítulo 2: Apadrinar tampoco significa Adoptar

Sigo contándoos la cantidad de veces que metimos la pata cuando nos embarcamos en esto del acogimiento. Vamos por el Capítulo 2 Apadrinar tampoco significa Adoptar.
Hace diez añitos, allá por 2009, mi vida era ligeramente distinta pero por fortuna o por desgracia muy parecida a la actual. En el fondo tampoco hemos cambiado tanto ☺
Como estaba claro que el acogimiento de larga duración no era lo mío (o más bien lo nuestro), cuando en un desfile conocimos a Nanda, se nos ocurrió la genial idea de intentarlo con otra modalidad: “el apadrinamiento”. Nanda era una perra grande para los que entonces eran nuestros estándares de tamaño. Mi yo de entonces, seguía pensando que sólo los perros pequeños podían vivir bien en un piso, por lo que creía tener claro que aquel animal podía beneficiarse de nuestra tarea socializadora sin que hubiera riesgo de que nos sintiésemos tentados de adoptarla.


Nuestra ingenuidad de aquella época, me hace sonreír.
Con aquellos prejuicios en mente, ni cortos ni perezosos, decidimos que bien podíamos dedicarle un poco de nuestro tiempo a aquella mestiza si aprovechábamos a llevárnosla los fines de semana al pueblo. Al fin y al cabo, allí podría tener el espacio que en nuestra mente, la perra necesitaba. Así que la primera vez que se vino con nosotros, fuimos a apañar la manzana. Creo que si cierro los ojos, aún puedo verla galopar por la finca la primera vez que se sintió libre. Sin embargo lo más sorprendente para mí fue darme cuenta de que al igual que los perros pequeños, Nanda quería pasar tiempo con nosotros y se adaptaba perfectamente a estar en casa. Porque efectivamente Nanda quería tener su espacio, pero uno que no se medía en hectáreas.
Así aquello del apadrinamiento que a mí me había parecido tan sencillo, en realidad no lo fue.
Yo, lo juro, iba muy decidida a recoger y devolver a mi querida perra al albergue, pero reconozco que las primeras veces fue un drama… No para ella ojo, sino para mí. Cuando me di cuenta de que era capaz de adaptarse a nosotros con facilidad empecé a preguntarme: ¿Y si no se quiere ir?, ¿y si se hace ilusiones y se siente abandonada?, ¿y si le hago más mal que bien? Todas esas dudas se repitieron en mi cabeza durante meses hasta que me di cuenta de que para la perra yo era una tía maja pero no su dueña y que aunque se lo pasaba bien con nosotros, el albergue era su casa. Con todo y con eso, y en contra de lo que yo misma en un primer momento había presupuesto, la hubiera adoptado con ganas.


En su contra se posicionó que en aquel entonces, mi pequeño Scrappy, ya en una edad y estado crítico, necesitaba y se merecía ser el centro de nuestras atenciones. El corazón se debatía entre el perro que ya era mío y el que ‘aspiraba’ a serlo. Ganó Scrappy y Nanda tuvo que esperar aún un par de añitos en Langreo. La verdad es que, como no la adoptaron, no pude corroborarlo, pero estoy segura de que en aquel entonces, lo hubiera pasado muy mal si hubiera encontrado una casa distinta de la mía. A veces, los padrinos somos un poco egoístas y nos pesa más la pena de no volver a verlos, que la alegría de que sean felices. En el caso de Nanda no ocurrió, simplemente transcurrieron dos años, mi pequeño Scrappy sucumbió a sus achaques y Nanda con ello adquirió su plaza de perra consorte. No hubiera podido ser de otra manera, porque por aquel entonces yo la consideraba ya un poco mía.


Con Nanda aprendí que el tamaño no marcaba el carácter ni las necesidades de un perro y que los animales adultos tienen una gran capacidad de observación y adaptación.
Con Nanda, ocupando su nueva posición de compañera canina oficial, empezamos otra nueva etapa de padrinos, parecía que aquella fórmula había funcionado, así que ¿por qué no seguir con ella?
La próxima semana os cuento qué tal nos fue 😉
¡Nos leemos!