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KAZÁN NO ESTÁ

En mi pueblo hay una casita que parece la de Blancanieves, rodeada de edificios más altos (no mucho más, todo hay que decirlo). Esa casita, pudorosamente retirada de la acera y rodeada por jardín con rosales y forsitias y un muro calado y encalado, tenía hasta hace unos días su propio genio guardián. Kazán, un pastor alemán o cosa así, con afición a acercarse a la puerta ladrando como un descosido, para sobresalto de viandantes desprevenidos. La dueña de Kazán, Lola, es una mujer mayor. Bastante mayor, en realidad. Tiene hijos y nietos que no viven en el pueblo, que a veces aparecen en su jardín. Aunque se describía como "madre" de Kazán, con comillas y todo, su relación parecía más bien de compañerismo. Kazán tenía en el pueblo amigos y enemigos: para unos un perro peligroso y ruidoso, que intentaba atacar a todo el que pasaba por delante de su jardín, para otros un perro buenísimo, siempre dispuesto a acercarse a la reja a por unos mimos, o una galleta, una sal...