La semana pasada, sentada en una terraza con Nanda, me acordé de la primera vez que en mi vida se cruzó una perra abandonada. Se llamaba Luna, y voy a aprovechar esta entrada para repasar su recuerdo. Me acordé de “La Luna”, así con “la”, porque en mi casa hemos sido siempre mucho de ponerle artículo determinado a los animales, porque mientras yo intentaba tomarme tranquilamente un café, mi perra trataba infructuosamente de comerse un cacahuete que nos habían puesto de pincho. Tras varios intentos luchando a brazo partido contra el maní, Nanda decidió que aquello no podía ser comestible… Y así de repente, sin pretenderlo ni buscarlo mi cerebro visualizó de nuevo aquella otra perra, La Luna, que tras ser abandonada pasaba tanta hambre que se comía hasta las gominolas, que yo, apenas una niña, compraba para ella. A La Luna, la abandonaron sus dueños, junto con una gata siamesa llamada Carolina. La dejaron atada a la caseta, con la comida pudriéndose en el alfeizar de la ven...
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