A veces, las historias de amor surgen en el lugar menos pensado. Esta es la historia de Manolito, el pavo que estaba condenado a la cazuela y acabó reinando en el gallinero y en el corazón de mi padre. Manolito fue el tercero de los tres pavos que mi padre se trajo hace un par de años con la aviesa intención de que coronasen la cena familiar de Nochebuena. No sabemos por qué le dió por ahí, ni cómo se le ocurrió la idea de innovar en materia culinaria, pero lo cierto es que el verano de 2019 se hizo con unas crías de pavo. Aquel plan sin fisuras, no tuvo sin embargo, un inicio muy halagüeño. Nosotros por entonces no lo sabíamos, pero los pavos son criaturas enigmáticas en aspecto y delicadas en su cuidado y los dos primeros pollos fallecieron en extrañas circunstancias. Aquello no hizo a mi padre desistir, él, que como buen gijonés es más terco que una mulina torda, no estaba dispuesto a renunciar a su cena de acción de gracias con tanta facilidad, así que ni corto ni perezo...
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